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Kulepaskan Pria yang Tak Menghargaiku

Kulepaskan Pria yang Tak Menghargaiku

By:  LorainaKumpleto
Language: Bahasa_indonesia
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Lima tahun lalu saat mengalami kecelakaan di pegunungan bersalju, aku menggendong Nathan yang demam tinggi dan tak sadarkan diri sejauh 30 kilometer. Lututku remuk karena berlutut, suaraku rusak karena terus berteriak minta tolong. Lima tahun kemudian, dia telah menjadi bangsawan berkuasa di lingkar elite ibu kota. Namun, dia malah memanjakan Althea yang dulu mengklaim jasaku, sementara aku tidak digubris sama sekali. Pada hari aku didiagnosis kanker lambung stadium akhir, Althea mencibirku karena bau kemiskinan. Demi menyenangkannya, Nathan melemparkan selembar cek dan menyuruhku pergi. "Ivory, ambil uangnya dan menghilang. Jangan kotori mata Althea." Aku menatapnya sambil menelan rasa amis di tenggorokan, lalu mengambil uang itu dan berbalik melangkah ke dalam badai salju. Nathan, seperti yang kamu inginkan. Tak lama lagi aku akan mati.

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Kabanata 1

Bab 1

Nunca había visto a mi esposa, Elena Vega, con una expresión tan tierna.​

Aunque también temblaba de miedo, se aferraba a los brazos de ese hombre mientras calmaba con suavidad al niño.

En ese momento, me quedé paralizado, sin saber qué hacer.

Aunque el calor alrededor era sofocante, un frío helado me recorría el cuerpo y un dolor desgarrador me atravesaba el pecho.

—¡Marcos, no te quedes ahí! Yo me encargo de esta familia, ¡tú ve a la siguiente habitación!

Me gritó el jefe del equipo de rescate, adentrándose sin dudar en la habitación.

Elena me miró con incredulidad, Marcos Sánchez, su esposo legal.

Aún con la máscara de bombero, supe que me había reconocido.

Ante esa escena, mi corazón se llenó de una punzada insoportable.

Si ellos eran una familia, ¿entonces qué demonios era yo?

La situación era urgente y no había tiempo para más. Así que corrí a rescatar a los supervivientes atrapados en la siguiente habitación.

El incendio duró tres horas antes de ser controlado. Por suerte, no hubo víctimas mortales ni heridos graves.

Pero cuando salí del edificio, con sentimientos encontrados, Elena, el hombre y el niño ya habían desaparecido.

Ni siquiera se había molestado en esperar para darme una explicación.

Solté una risa amarga. De repente, aquellos cinco años de matrimonio me parecieron una farsa absoluta.

Al llegar a casa, para mi sorpresa, Elena, que siempre trabajaba hasta la madrugada, estaba allí, como si me estuviera esperando.

Pensé que, tal vez, al fin intentaría explicarme. Si pudiera justificar su presencia en el hotel, su relación con ese hombre y ese niño, tal vez podría perdonarla.

Quizá comparada con cinco años juntos, ese dolor desgarrador no fuera nada.​

Pero ella, sin inmutarse, abrió su laptop y comenzó una videoconferencia.

Durante más de una hora, ni siquiera me miró, como si nada hubiera pasado.

Al terminar la conferencia, me lanzó una mirada fría y me arrojó un documento.

—¿Certificado de adopción?

Aquellas palabras me atravesaron como un puñal.

—Sí. Es Lucas, el niño que viste en el hotel. A partir de ahora, lo adoptamos.

—¿Por qué? ¿Qué relación tienes con ese niño y con ese hombre?

—Él es Samuel Castillo, el padre de Lucas. Solo tenemos una relación laboral. Lo demás no te incumbe.

¿Acaso eso era una explicación?

Solté una risa amarga, llena de decepción.

Era, más bien, una notificación unilateral.

Su tono no dejaba espacio para el rechazo.

—¿Y qué hacen los compañeros de trabajo en el hotel? ¿Por qué te vi con la ropa desarreglada? ¿Y, dime Elena, ese niño es tuyo?

Mis preguntas, cargadas de desesperación, solo provocaron un leve fruncimiento de ceño en Elena.

—Estás imaginando cosas. Quien profesa su fe no se entrega a la traición. Jamás traicionaría nuestro matrimonio.

¿Jamás? Mi sonrisa se volvió aún más irónica.

—Dices que evitas el placer carnal, y solo me concedes un día al mes. ¿Cómo es que te abrazabas a ese hombre con tanta naturalidad?

En más de mil ochocientos días, nunca había dudado de ella. Apoyaba su fe a ciegas.

Pero ahora empezaba a pensar que todo eso era solo un pretexto.

Elena frunció aún más el ceño, y su voz gélida cortó el aire:

—El que es inocente, no teme sospechas. Cree lo que quieras.

—Si piensas que soy desleal, a partir de este mes ni siquiera el día 16 vendrás a mi habitación. Total, ya hay un niño en esta familia.

—Si no fuera por la necesidad de dejar un heredero, nunca habría accedido a algo tan... aburrido.

Sus palabras me atravesaron el pecho. El dolor era tan agudo que me costaba respirar.

¿Acaso nuestro único encuentro mensual siempre le había resultado un suplicio?

La sacerdotisa, pura e impasible, jamás se dignaría a mostrar afecto por un simple mortal como yo.

Yo nunca sería su excepción.

—Eso es todo. Descansa.

Elena guardó su computadora y se preparaba para irse. Apreté los dientes, luchando contra el dolor en mi pecho, y la detuve.

—Puedo aceptar la adopción de Lucas. Pero no quiero descubrir que te relacionas con alguien más. Al menos respeta que soy tu esposo.

Ella se detuvo en seco.

—Es normal que el niño no pueda separarse de su padre biológico. Solo refleja tu propia suciedad interna y falta de respeto hacia ti mismo.

Al decirlo, se fue.

Esa noche, la angustia me mantuvo en vela. En medio de un duermevela, incluso tuve alucinaciones. Creí oír risas en su habitación, las de Elena y Samuel.

A la mañana siguiente, Lucas ya estaba en casa.

Sus maletas llenaban la sala, y Elena, radiante de alegría, lo ayudaba a desempacar.

Resultó que una sacerdotisa de hielo también podía sonreír.

Nada que ver con su actitud fría cuando se mudó a nuestra nueva casa el día de nuestra boda; en aquel entonces, decía que quienes siguen los preceptos de su fe no deben dejarse llevar por la emoción; por eso mantenía su rostro serio.

Ahora entendía: yo simplemente no valía la pena.

Al terminar, Elena llevó a Lucas a bañarse.

De repente, oí el llanto del niño, y el sonido del agua se detuvo.

Me empecé a preocupar.

Ella nunca había sido madre y no tenía experiencia con niños.

Lucas aún era pequeño; cualquier accidente durante el baño podría ser problemático.

Después de cinco años de matrimonio, mi preocupación por Elena se había vuelto casi inconsciente.

Aunque la noche anterior habíamos discutido, no iba a desquitarme con un niño inocente. Ahora que Lucas estaba en casa, no podía simplemente ignorarlo.

Decidí entrar.

Pero allí, en la percha de la entrada, colgaba el abrigo de un hombre.

Me quedé congelado.

La puerta del baño, entreabierta, me dejó ver la escena completa:

Lucas lloraba con la boca ensangrentada por el cepillo de dientes. Elena, envuelta solo en una toalla, lo consolaba con suavidad.

Y detrás de ella, Samuel le secaba el cabello mientras decía entre risas que Lucas era muy miedoso.

Qué escena tan perfecta... toda una familia feliz.

Esta era mi casa. Elena, mi esposa. Y, sin embargo, yo era el intruso.

Mi rostro palideció de inmediato, y mi corazón se rompía en pedazos.

La escena me golpeó como un puño. Di unos pasos atrás, tambaleándome, hasta chocar con la pared.

El ruido alertó a Samuel, que al verme, se puso desconcertado.

—Señor Sánchez, no es lo que piensa —tartamudeó—. Anoche traje a Lucas. El niño es pequeño, no quería que me fuera. Me quedé para acompañarlo, solo eso...

Sus palabras me partieron el alma.

No eran alucinaciones lo que oí entre sueños.

Samuel había pasado la noche en su habitación.

Un privilegio que ni yo, su esposo, había tenido jamás.

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