Mariana Guinto
En pleno apocalipsis zombi, mi novio, José Halabe, insistió en retrasar la evacuación.
Todo para que Susana Campuzano, su amiga de la infancia, también pudiera alcanzar el último grupo de helicópteros de rescate.
Pero esa era la última operación de evacuación desde que estalló el brote zombi. También era la única salida con vida para nuestro equipo de sobrevivientes.
Al ver que ella seguía sin aparecer, no me quedó más opción que noquear a José y subirlo conmigo al helicóptero.
Al final, Susana terminó devorada por la horda de zombis.
Yo, en cambio, logré sobrevivir gracias a esa decisión.
Después, viví una vida tranquila y feliz con José en la zona segura.
Pero la noche antes de que asumiera el mando del sector, justo cuando me preparaba para liderar al ejército humano en el contraataque, José me echó un sedante en el agua.
Luego me arrojó directo a una horda de zombis.
Cientos, quizá miles de zombis me abrieron el vientre y me devoraron viva, hasta que morí en medio de un dolor insoportable.
Él, en cambio, estaba de pie en lo alto de la muralla y soltó una carcajada helada.
—Por culpa de tu egoísmo, Susana también perdió la oportunidad de vivir. Tenías que sentir en carne propia el dolor que ella sufrió. Tenías que pagarlo con tu vida.
Al volver a abrir los ojos, regresé al día en que José insistía en retrasar la evacuación.
Ya que tanto quería vivir y morir junto a Susana, entonces yo misma haría que terminara sirviendo de comida para los zombis junto con ella.