El Precio de la LEALTAD
Sosteniéndose con caricias pequeñas, silenciosas, cargadas de todo lo que no necesitaban decir.
Renzo giró apenas la cabeza, lo suficiente para mirarla de reojo.
—Cuando pueda moverme —murmuró —te voy a demostrar que mi fetichismo por ti sigue intacto.
Sofía le sonrió, con los ojos brillosos.
—Te espero —susurró —deseosa de comprobarlo.
Y en ese instante, entre vendajes, sedación y heridas absurdas, se amaron igual (no sean mal pensadas, sabemos que estos dos son muy calenturientos, pero se amaron de forma platónica).
Porque el amor, cuando es real, no necesita postura cómoda.