La casa de cristal
Sus pulmones, acostumbrados al aire filtrado y cargado de iones de la mansión, protestaban ante el aroma primitivo de la tierra húmeda, el pino en descomposición y el frío cortante de la madrugada en Illinois.
Clara corrió hasta que sus piernas, debilitadas por la desnutrición y el estrés electromagnético, cedieron. Cayó de rodillas sobre un lecho de hojas secas, jadeando. Sus manos, arañadas por las zarzas, se hundieron en el barro. Era una sensación gloriosa. El barro no era transparente; era denso, sucio y real.
I. La Purga de los Sentidos