Salvada por el duque.
Annelise, con el corazón oprimido y los ojos llenos de lágrimas, estaba sentada en un lujoso banco de los jardines del palacio, buscando consuelo en la compañía de su querida sobrina Priscila. El sol de la tarde iluminaba el paisaje, pero no lograba calentar el frío que sentía en su interior. A pesar de la belleza que la rodeaba, Annelise solo podía ver la infelicidad que se había adueñado de su vida. Su matrimonio parecía perfecto para el mundo exterior, pero en realidad era un infierno de humillación y desprecio. Su esposo, un hombre déspota y cruel, la menospreciaba constantemente, recordándole su «lugar» y el poder que él ejercía sobre ella. Y su hija, Elizabeth, una joven caprichosa y e