Renací para destruir el trono de mi hermana
Por un milagro, por mi magia o tal vez por pura terquedad, no solo aguanté, sino que traje al mundo al único heredero de sangre pura de toda esa generación.
El rey Alfonso de Montoya no podía creerlo. Vio en mí algo sagrado y me puso en un altar, dándome un lugar que nadie podía tocar.
Pasaron las décadas. Sebastián heredó la corona y yo me convertí en su única reina, rodeada de lujos y de un poder que parecía no tener fin.
Elsa, por el contrario, se había quedado con el Alfa de los licántropos. Pero la pobre nunca se imaginó que un lobo así jamás sería solo suyo.