Entré al Libro por Error... y No Quiero Morir
El chaleco entallado, en un tono azul profundo, contrastaba con el traje y lo dotaba de una sobriedad distinguida, como si llevara consigo el peso de la realeza.
El pantalón recto y perfectamente planchado acompañaba la caída del saco, y sobre su cintura se ceñía una faja de terciopelo azul marino, que completaba el aire solemne. En sus manos lucía guantes blancos, pulcros, que reposaban sobre su espada ceremonial —una pieza simbólica, de empuñadura dorada, con incrustaciones de zafiros en el pomo—, no como arma de guerra, sino como un recordatorio de autoridad y legado.