La esposa equivocada
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El vestido de seda marfil, con reflejos dorados bajo la luz de la habitación, era todo lo que yo no era: Perfecto, delicado, obediente.
La tela del vestido caía en líneas suaves, abrazando mi cuerpo con una elegancia medida. El escote era discreto, redondeado, cubierto por una fina capa de encaje francés que subía hasta mi cuello. Las mangas del vestido eran largas, ceñidas a mis brazos hasta la muñeca, terminando en diminutos botones nacarados, un detalle que gritaba Giulia en todo los sentidos.