Me Casé con mi Donante Desconocido Millonario
La nota que acompañaba la filtración, enviada directamente al inbox privado del editor más sensacionalista, era breve: «¿Precio de la médula? Pregunten al Sr. Brucelli.»
El escándalo fue mínimo, pero perfectamente dirigido. No acusaba de ilegalidad, sino de algo peor en el mundo de Donato: sentimentalismo y, peor aún, sentimentalismo explotado. El rumor se extendió como una mancha de aceite en los círculos más altos: Donato Brucelli, el tiburón, había pagado una fortuna por el tratamiento de su novia, y ella, sana, lo había abandonado. Lo pintaba no como un hombre de negocios despiadado, sino como un tonto rico, un Romeo patético al que habían usado y descartado.
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