Amando a Mi Enemiga
Un año después de esa noche, en medio de esa misma mentira piadosa, concebiríamos a nuestro segundo hijo, confirmando que nuestro amor era una fuerza de la naturaleza que no entendía de contratos ni de miedos.
Me quedé despierto observándola, prometiéndole en silencio que, sin importar cuánto tiempo le tomara admitirlo, yo estaría allí para recordarle que no había nada de qué protegerse. Porque en el juego de los Greco y los Rizzo, ya no había enemigos, solo dos personas aprendiendo que, a veces, la única forma de ganar la guerra es rendirse incondicionalmente al otro.