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La guerra terminó; mi vida comenzó.

La guerra terminó; mi vida comenzó.

Le dediqué treinta años de mi vida a Julián Marchetti después de que terminó la guerra. Construí su imperio, crié a nuestros hijos y mantuve unida a la familia desde las sombras. Pero, cuando murió, su testamento ni siquiera mencionaba mi nombre. La mitad de su fortuna fue para nuestros hijos. La otra mitad, para Lidia Carter, la hija del hombre que le había salvado la vida en Normandía. La misma mujer que había robado mi identidad y construido toda su vida sobre las ruinas de la mía. Lo único que me dejó fue una simple nota, garabateada con su inconfundible caligrafía: «Te amé. Tuvimos treinta años maravillosos. Pero le debo demasiado a Lidia. Esto es lo mínimo que puedo hacer por ella.» Caí muerta de un ataque al corazón ahí mismo, en su estudio, aferrada a ese patético pedazo de papel. Cuando volví a abrir los ojos, había vuelto a 1945, justo cuando la guerra acababa de terminar. Esta vez no iba a reprimir mi rabia ni a sufrir en silencio. Estaba decidida a defenderme y a reclamar todo lo que legítimamente me pertenecía.
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Me fui embarazada del Don mafioso

Me fui embarazada del Don mafioso

Quedé embarazada de Alessio Moretti, el mejor amigo de mi hermano y el Don más joven y atractivo de Nueva York. Justo entonces regresó Bianca, su antigua amante… la misma que lo había dejado sin decir una sola palabra. Pensé que me dejaría por ella, pero él solo sonrió con esa calma arrogante. —Se fue sin dar explicaciones. No hay vuelta atrás. Mi hermano, Gianni Ricci, fue aún más frío: —Ella ya no es una Ricci. Mi única hermana eres tú. Les creí. Durante tres años, me dieron un cariño y una calidez que jamás había conocido. Pero todo se vino abajo cuando un video de mi padre adoptivo, borracho y golpeándome, se volvió viral. El mundo entero se burló de la “intocable princesa Ricci” … la misma que alguna vez fue tratada peor que una mendiga. Me rompí por dentro y corrí a buscar a las dos únicas personas en las que confiaba… pero me detuve en seco frente a la puerta de su despacho al escuchar la voz empalagosa de Bianca. —Gianni, Alessio… ¿filtrar ese video? ¿No fue demasiado cruel? Marcella está embarazada… La respuesta de mi hermano llegó al instante: —Justamente de eso se trataba. El embarazo debería ablandarla… pero ha estado paseándose como si fuera la dueña de todo, manteniéndote a ti al margen. Alessio soltó una risa suave: —No te preocupes por Marcella. No puede hacernos nada… y es demasiado blanda como para hacerle daño a nuestro hijo. Las lágrimas comenzaron a caer sin control y un dolor agudo me atravesó el pecho de golpe. "Tiene razón… este bebé es mi tesoro. Jamás le haría daño", pensé. Pero tú, Alessio… no voy a dejar que me controles. Me di la vuelta, sintiéndome entumecida, compré un vuelo y tomé una decisión. "Voy a desaparecer… me llevaré a mi bebé y saldré de su mundo para siempre", pensé.
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La Falsa Susurradora de Cadáveres

La Falsa Susurradora de Cadáveres

Tras presentar mi solicitud para dejar el cargo de jefa de Medicina Forense y pedir el traslado a un puesto administrativo, en la comisaría a todos se les iluminó la cara. Sonrisas por todas partes. Aprobación unánime. Solo Olivia Montoya, la nueva forense… la "mejor amiga de la infancia" de mi novio, se vino abajo. La que se hace llamar la "Susurradora de Cadáveres". Entró hecha una fiera, me agarró con fuerza de la bata y, con los ojos enrojecidos, soltó: —Aunque tu técnica ya está pasada de moda, de verdad espero que te quedes. ¡Que sigas dándoles voz a las víctimas! Le aparté la mano con frialdad, recogí mis cosas y me di la vuelta para irme. Porque en mi vida pasada, ella se presentaba igual: decía que podía oír los susurros de los muertos y saber lo que habían vivido antes de morir. Yo me mataba trabajando: autopsia tras autopsia, revisando una y otra vez, redactando informes de autopsia con cada detalle. Ella, en cambio, solo necesitaba echarle un vistazo al cadáver… y podía recitar mi informe palabra por palabra, sin equivocarse ni una coma. Las familias de las víctimas la veneraban como si fuera un milagro andante. A mí me miraban con desprecio. Decían que yo profanaba al difunto, que no lo respetaba. No lo acepté. Me negué a rendirme. Me dejaba la vida en cada autopsia… pero ella siempre se me adelantaba, escupiendo toda la verdad como si ya la tuviera en la palma de la mano. Hasta que una familia, llevada al límite, me odió por ultrajar a su difunto. Me secuestraron. Me descuartizaron. Y me abandonaron en un baldío. Cuando volví a abrir los ojos… Había renacido justo el día en que Olivia anunció, por primera vez, que era la "Susurradora de Cadáveres".
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Consolación desechada: casándome con otro

Consolación desechada: casándome con otro

Desde pequeña siempre fui de buen comer y me cuidaron mucho, así que crecí más rápido que las demás chicas de mi edad. A los dieciocho, mi hermano Santiago, muy sobreprotector, temió que algún hombre se aprovechara de mí y le pidió a su mejor amigo que me cuidara. Pero en nuestro primer encuentro, Vicente no pudo apartar la mirada de mí, y al final me hizo suya una y otra vez. Desde entonces, de día era mi jefe y de noche, yo era su asistente personal. Cuatro años enteros de relación secreta, convirtiéndome en la versión que él deseaba. Después, su ex prometida regresó al país y él se levantó de mi cama para correr al aeropuerto a recibirla. A pesar de la vergüenza, lo seguí. Apenas una hora antes, esa misma mano, con las marcas de mis dientes, me tapaba la boca. Ahora, frente a mí, acariciaba con ternura el cabello de otra mujer: —Isabella, hace cuatro años fuiste tú la que se me metió en la cama cuando estaba borracho. ¿Y ahora vienes a armarme este escándalo? No tiene ningún sentido.
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Los lobos de Dustland

Los lobos de Dustland

—Donde hay lobos, hay guerra. Dejando que una sonrisa de satisfacción se dibujara en la comisura de mis labios, miré a la única persona que lentamente había capturado mi corazón: —Puede que sea así... pero va a ocurrir bajo mis condiciones. Corría el año 1952 y a Ashford Wells, de dieciocho años, sólo le quedaba un tortuoso año más en el instituto del Sagrado Corazón. Sólo un año más hasta que pueda abandonar la ciudad de Lonton, y el imposible legado de su padre de ser un Alfa de la manada. Intentando mantener la calma y agachar la cabeza, Ash también tendrá que ignorar las burlas de deportistas como David Hunt, que le dicen que es un bicho raro sin casta.El único problema con las ideas de Ash de abandonar Lonton es que el hombre del saco y rebelde en general, Kenny O'Rourke, tiene una idea diferente de cómo será el futuro de Ash. Una idea que va a sacudir los cimientos de Dustland. "Los lobos de Dustland" es una obra de Claire Wilkins, autora de eGlobal Creative Publishing.
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La Colegiala y La Pulga Picona

La Colegiala y La Pulga Picona

—Padrino, ayúdame rápido, se me metió una pulga bajo la falda, ¡qué comezón! Mi ahijada salió a pasear al perro y una pulga la mordió en su lugar íntimo, me pidió que le calmara la comezón, y, entre tanto calmar a la jovencita le dio todavía más comezón; al final terminó pidiéndome que le quitara la falda para aliviarle otra comezón.
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Lo Ayudé a Triunfar y Lo Dejé

Lo Ayudé a Triunfar y Lo Dejé

Empecé a salir con el desgraciado de Iker Díaz, y todos creían que lo amaba más que a mi propia vida. Cuando se metía en peleas y faltaba a clases, yo le pasaba mis apuntes. Cuando coqueteaba con otras, yo le cubría las espaldas. Me pasé tres años arrastrándome por él. Me desviví ayudándolo hasta que consiguió entrar a una universidad de élite, pero justo antes de que comenzaran las clases, me dejó. Del otro lado de la línea, con la arrogancia de siempre, soltó: —Sé que llevas años enamorada de mí, pero no haces más que estudiar. Al lado de Alicia, eres demasiado aburrida. Mejor dejémoslo aquí. Quiero estar con ella. Todos esperaban que me derrumbara. Miré el saldo de mi cuenta bancaria, donde acababan de depositarme cinco millones de dólares, y respondí con toda sinceridad: —Está bien. Felicidades. Nadie más sabía que había aceptado aquel trato sin poner una sola objeción solo porque su madre me había ofrecido demasiado dinero. Ahora que el dinero ya estaba en mi cuenta, aunque él no me hubiera dejado, yo habría terminado con él de todos modos.
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La Falsa Demencia de la Donna

La Falsa Demencia de la Donna

Durante tres años fui la Donna de los Valenti, una familia que no dejaba de ganar poder. Un día, Enzo se reunió en un club privado de puros. Como me preocupaban sus problemas de estómago, fui a llevarle sus antiácidos de siempre. Me quedé afuera del salón privado y escuché reír a sus hombres. —Don Enzo, ¿de verdad va a seguir escondiendo a Clara en la mansión de Lago Plateado toda la vida? —Esa heredera Moretti, la loca de la casa principal, sigue paseándose como si fuera la Donna de la familia Valenti. Enzo se masajeó el puente de la nariz. —Si no se hubiera llevado un balazo en la cabeza por salvarme ni perdido la razón, y de no haber necesitado yo con tanta urgencia el dinero de su familia, jamás me habría involucrado con una mujer ajena a esta vida. Suspiró con desprecio antes de sentenciar con frialdad: —Pero Clara es mi esposa legal. El fideicomiso familiar y el acta de matrimonio del registro civil están a su nombre. Stella no es más que un juguete que tengo guardado en la casa principal. En cuanto Clara dé a luz a un heredero, la traeré a casa para siempre. Apreté la caja de antiácidos hasta que mis nudillos palidecieron; el cartón se arrugó en mi mano. En la iglesia, él había intercambiado conmigo juramentos de sangre y anillos, pero fue Clara quien firmó los papeles en el registro civil. Me tomó por estúpida con tal de proteger la reputación de esa mujer. Apretando la caja contra mi pecho, di media vuelta y volví a perderme entre las sombras. Él no tenía ni idea de que yo había recuperado la cordura hacía tres días. Jamás se imaginaría que ya le había enviado un mensaje cifrado a mi hermano, quien dirigía un imperio empresarial desde nuestro hogar en Solaria, al otro lado del océano. Estaba harta de cargar con ese maldito título de los Valenti.
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Tras Renacer, Elijo No Retroceder Más

Tras Renacer, Elijo No Retroceder Más

El día que me casé con Adrián Gómez, la hija falsa, Catalina Ramírez, se quitó la vida. En el segundo año de nuestro matrimonio, terminamos convertidos en enemigos, precisamente por eso. Él odiaba que yo, la hija biológica, regresara y causara la muerte de Catalina. Yo lo odiaba por aferrarse a quien había usurpado mi lugar durante veinte años. En una década, nos destrozamos con las palabras más venenosas, maldiciéndonos el uno al otro. Hasta que un terremoto sacudió todo. Entonces, él me cubrió con su cuerpo, usando su espalda como escudo para abrirme un camino a la vida. Una viga cayó. Carne y sangre, todo mezclado. En sus últimos momentos, susurró en mi oído: —Si hubiera sabido que ella moriría, jamás te habría traído a casa. —Si hay otra vida, que tu familia sea solo yo. Basta conmigo. Al final, yo también morí bajo las réplicas. Al abrir los ojos de nuevo, regresé al día en que él me llevó al reconocimiento familiar. Él se retractó de repente: —Iris, me equivoqué. La hija que la familia Gómez perdió hace veinte años no eres tú.
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¡Suegrito! Me atoré en la lavadora

¡Suegrito! Me atoré en la lavadora

Cuando lavaba la ropa con el trasero levantado, me embistieron por atrás y terminé metida en la lavadora. Mi trasero carnoso quedó expuesto afuera, sujetado por sus manos fuertes. No podía ni moverme. Su mano enorme me acariciaba por detrás como quería. Empecé a ponerme bien caliente y el placer hizo que hasta las piernas me temblaran. Volteé a ver quién me estaba haciendo esto, y me di cuenta de que era ni más ni menos que mi suegro.
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