Me resulta inevitable hablar de la polémica que despierta Mario Mendoza cuando sale a relucir su nombre en cualquier club de lectura.
Yo veo dos ejes claros: por un lado, su manera de poner en escena la violencia y la marginalidad —sin edulcorantes— choca con lectores que buscan escapismo o relatos redentores. En novelas como «Satanás» esa crudeza no es gratuita; funciona para poner al lector frente a dilemas morales y al abismo humano. Pero ese mismo planteamiento hiere sensibilidades y provoca debates sobre si se está explotando el sufrimiento o describiéndolo con honestidad.
Por otro lado, su voz pública y su tono directo en entrevistas y redes alimentan el fuego. Hay gente que valora su franqueza y quien la interpreta como provocación o autojustificación. En mi caso, disfruto de la tensión que genera: me obliga a cuestionar mis propias reacciones y a hablar sobre literatura con más ganas, aunque termine incómodo. Al final, la polémica dice más de lo que nos interpela como lectores que del autor solo.