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Hasta que las Nueces nos Separen

Hasta que las Nueces nos Separen

En la fiesta de nuestro primer aniversario de bodas, caí de bruces sobre una alfombra roja, jadeando como pez fuera del agua. Carlo Pipino, mi esposo, rodeaba con el brazo a Gianna Verde, su amor de la infancia, bebiendo champán y riendo. Gianna sabía que yo era alérgica a las nueces y algunos frutos secos. Así que, obviamente, lo bañó todo con aderezo a base de avellanas. Un bocado y ¡pum!, se me hizo un nudo en la garganta, se me encendieron los pulmones y me reventó el salpullido como confeti. Busqué mis medicamentos para la alergia y, en su lugar, encontré un puñado de M&Ms derretidos. Gianna se rio al ver mi cara. —¡Sorpresa!, Carlo te cambió los medicamentos. ¿En serio, Siena? ¿Una nuez? ¿No te parece demasiado dramático? Me deslicé de la silla, jadeando, mientras el público apostaba sobre cuánto duraría mi «actuación». —Carlo... mis medicamentos... —grazné—. Por favor. Voy a morir. Él suspiró, molesto. —Dios mío, qué dramática eres. ¿Por qué las mujeres siempre juegan a hacerse las muertas para llamar la atención? Sabes que te amo. ¡Detén este espectáculo de una vez! En ese momento, mi corazón se rompió más rápido que mis pulmones. Dejé de suplicar. Presioné la señal de socorro. Llamé a mi verdadera familia.
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Me suicidé, pero no morí

Me suicidé, pero no morí

Después de perseguir a mi amor platónico, Edward Lightwood, durante diez años, finalmente me aceptó como su vínculo de sangre. Sin embargo, el día en que íbamos a hacer nuestro voto eterno, su primer amor, Beth, del clan aliado, fue asesinada por una banda de cazadores de vampiros. Él me culpó por su pérdida y me atormentó todos los días. Me expuso al sol eterno, me atravesó con estacas de madera sin llegar a matarme y luego me encerró en su sótano. Agotada y con el corazón roto, agarré la estaca de roble y me apuñalé el pecho frente a él. Me suicidé. Pero no morí. Renací en el día en que le había confesado mis sentimientos a Edward. Pero esta vez, no repetiré mi error. Me mantendré lejos de él.
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 Obsesión Secreta de Papá

Obsesión Secreta de Papá

ADVERTENCIA: Contenido Explícito 18+ La luz de la luna se derramaba a través de las pesadas cortinas, tiñendo de plata el pecho desnudo del desconocido. Jessy se quedó paralizada en la puerta de la mansión familiar, con el corazón golpeándole el pecho mientras sus ojos recorrían los marcados abdominales del hombre, las poderosas líneas de sus muslos y el inconfundible bulto grueso tensándose bajo unos bóxers negros. Él era peligro envuelto en pura masculinidad. Ven aquí —ordenó con una voz baja y áspera. Las piernas de Jessy se movieron antes de que su mente pudiera protestar. En segundos, la boca de él estaba sobre uno de sus pechos, caliente y exigente, mientras dos dedos gruesos se hundían profundamente dentro de ella, arrancándole una oleada húmeda y vergonzosa de deseo. Jessy se aferró a sus hombros, jadeando, gimiendo, desmoronándose mientras el placer la consumía como fuego. Él la embestía más fuerte, más profundo, susurrándole elogios obscenos contra la piel hasta que ella se quebró por completo entre sus brazos. Aún unidos, con su miembro latiendo dentro de ella, apartó mechones húmedos de su rostro bañado en lágrimas y sonrió con arrogancia. —Ahora dime otra vez tu nombre… Jessy. Unos pasos resonaron sobre el suelo de mármol del pasillo. —¿Jessy? Cariño, ya llegué. La voz de su tía —cálida, amorosa y demasiado cercana. El terror y el deseo prohibido se retorcieron en el pecho de Jessy mientras permanecía desnuda sobre el hombre que nunca fue un extraño. El semen aún resbalaba por sus muslos cuando él movió lentamente las caderas, hundiéndose más profundo, y le susurró ardiente al oído: —Quédate muy calladita, pequeña. No querrás que Mamá descubra lo fuerte que acaba de correrse su preciosa sobrina política en la polla de su nuevo marido.
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Siete vínculos, siete traiciones

Siete vínculos, siete traiciones

Siete veces me vinculé con el mismo Alfa. Y siete veces, él desgarró nuestro vínculo por su amor de la infancia. La primera vez, lo juró bajo la luna—: Astrid, mi Luna. De este día en adelante, mi corazón y mi lobo son solo tuyos. Pero en el momento en que su preciada Liana regresó, sus promesas se convirtieron en cenizas. —¿No puedes simplemente ser paciente? La estás poniendo incómoda, haces que parezca que ella está seduciendo a un macho emparejado. La primera vez que me rechazó, el dolor punzante de la ruptura del vínculo casi mata a mi loba. Me enviaron con los sanadores de la manada, pero él nunca vino. Ni una sola vez. La tercera vez, me tragué mi orgullo como hija de un Alfa. Me uní a su manada como una desconocida, solo para estar cerca de su aroma. Para la sexta vez, ya conocía la rutina. Preparé mis maletas y salí de nuestra manada sin decir una palabra. Mis colapsos. Mis apareamientos. Mi rendición. Todo lo que obtuve por mi dolor fueron sus disculpas mecánicas y la misma traición. Una y otra vez. Hasta ahora. En el momento en que escuché que Liana regresaría, le entregué yo misma los papeles para cortar nuestro vínculo. Él simplemente fijó una fecha para nuestra próxima ceremonia de unión, como si nada hubiera pasado. No tiene ni idea. Esta vez, no solo estoy rompiendo el vínculo. Estoy haciendo añicos el corazón que latió por él siete veces, solo para ser aplastado por sus propias manos, siete veces.
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Más que una Muñeca de Silicona

Más que una Muñeca de Silicona

Entrada la noche, me encontré con la hija del dueño en la tienda de artículos eróticos, con la luz apenas encendida. Se estaba complaciendo a sí misma. Tenía los ojos vendados, las piernas abiertas sobre el sillón tántrico, cada una apoyada en un brazo del sillón, perdiéndose en el placer. Hasta que el sillón falló. Se retorció hasta ponerse colorada, incapaz de soltarse, y tuvo que pedir ayuda. —Ayúdame... Me agaché y pasé los dedos por sus muslos, sus pantorrillas y la cara interna de sus muslos. —No te muevas. Este sillón es complicado. Necesito revisarlo bien primero. —Por... por favor. La observé ir del pudor al deseo, hasta que se quebró y dejó de luchar. —Dámelo. Dame todo lo que tienes. En ese instante, desde afuera llegó el sonido del dueño al abrir la puerta. La empujé detrás de los estantes. Ahí descubrí una muñeca de silicona idéntica a ella.
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El Nombre que Ella Escribió con Sangre

El Nombre que Ella Escribió con Sangre

Después de renacer, fui yo quien cambió el nombre en mi vínculo de sangre con el príncipe Mortlock. Escribí [Isabella], la otra vampira a la que él siempre había adorado, a la que siempre había protegido. Cuando Isabella quiso el collar de rubíes, aquel que marcaba a la Consorte del Príncipe, dejé que se lo quedara. ¿El vestido de novia que Mortlock había preparado para mí? También se lo entregué a Isabella. Lo hice todo porque, en mi vida pasada, obtuve lo que deseaba. Me convertí en la compañera de Mortlock, pero viví cada momento bajo la sombra de Isabella. Al final, durante una batalla contra los cazadores de vampiros, Mortlock corrió primero hacia una Isabella herida. Fui yo a quien dejaron abandonada para recibir una estaca de plata directamente en el corazón. Así que, esta vez, decidí dejarlos en paz. Mantenerme lo más lejos posible de Mortlock. Sin embargo, en esta ocasión, el príncipe frío y distante lloró y me suplicó que volviera a ser su compañera.
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¿¿¿Mi Compañera Es Estrella NoPor???

¿¿¿Mi Compañera Es Estrella NoPor???

“No traigo calzones”. Cuando la bonita de mi mesa me puso esa nota en la mano, el corazón me retumbaba como tambor. Acto seguido, me pasó una segunda nota. “Quiero meterme algo en la boca, ¿qué me recomiendas…?”
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La guerra terminó; mi vida comenzó.

La guerra terminó; mi vida comenzó.

Le dediqué treinta años de mi vida a Julián Marchetti después de que terminó la guerra. Construí su imperio, crié a nuestros hijos y mantuve unida a la familia desde las sombras. Pero, cuando murió, su testamento ni siquiera mencionaba mi nombre. La mitad de su fortuna fue para nuestros hijos. La otra mitad, para Lidia Carter, la hija del hombre que le había salvado la vida en Normandía. La misma mujer que había robado mi identidad y construido toda su vida sobre las ruinas de la mía. Lo único que me dejó fue una simple nota, garabateada con su inconfundible caligrafía: «Te amé. Tuvimos treinta años maravillosos. Pero le debo demasiado a Lidia. Esto es lo mínimo que puedo hacer por ella.» Caí muerta de un ataque al corazón ahí mismo, en su estudio, aferrada a ese patético pedazo de papel. Cuando volví a abrir los ojos, había vuelto a 1945, justo cuando la guerra acababa de terminar. Esta vez no iba a reprimir mi rabia ni a sufrir en silencio. Estaba decidida a defenderme y a reclamar todo lo que legítimamente me pertenecía.
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ANHELO AL HOMBRE MAYOR: Colección de historias picantes

ANHELO AL HOMBRE MAYOR: Colección de historias picantes

Anhelo al Hombre Mayor te lleva a un mundo donde las fantasías cobran vida, los límites se desdibujan y el placer gobierna cada página. Desde hombres dominantes que saben exactamente lo que quieren hasta las dulces chicas que anhelan obedecer, cada historia entrega un calor intenso, tensión prohibida y una química adictiva. Ya sea kink de Daddy, juegos de poder, encuentros secretos o seducción oscura, estos relatos están creados para hacer que tu corazón lata con fuerza y tu cuerpo arda.
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Venganza en la Corte de Jade

Venganza en la Corte de Jade

La hermana gemela de Serafina Ruiz fue humillada y murió antes de su boda. Serafina, en una situación desesperada, se despide de su uniforme militar para reemplazar a su hermana en su boda, convirtiéndose en la nueva emperatriz. El emperador del reino, un tirano, había perdido a quien más amaba, y todas las concubinas del harén eran sustitutas de ese primer amor, siendo una de ellas la favorita del emperador. Serafina no se parecía en nada a la mujer que el emperador había amado y todos pensaban que él la despreciaría, que tarde o temprano perdería su posición como emperatriz. Y así fue, al segundo año del matrimonio, ambos decidieron separarse, pero la destituida no fue la emperatriz, sino el emperador. En esa noche, el tirano sujetó con fuerza el vestido de la emperatriz y dijo: —Si quieres irte, ¡será caminando sobre mi cadáver! Las concubinas lloraron, desconsoladas, y le suplicaron: —¡Mi señora!, no nos abandone, si tiene que irse, ¡llévenos con usted!
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