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One Night Stand: Cariño, serás mía

One Night Stand: Cariño, serás mía

Tras una apasionada aventura de una noche con un apuesto desconocido llamado Joel, Primrose descubre por casualidad que él es su prometido, además de uno de los multimillonarios más ricos del mundo. Intenta huir de él y de ese extraño matrimonio, pero poco a poco Joel se le acerca y la retiene a su lado. —¿Quieres escapar de mí? Cariño, no hagas esto. Eres mía. Joel sonrió suavemente, sujetó con delicadeza la barbilla de Primrose y depositó un beso ligero. Desde el momento en que la conoció, ya había decidido mantenerla a su lado por el resto de su vida. Al final, ¿podrán estar juntos para siempre?
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Como Patas Para Chocolate

Como Patas Para Chocolate

—Señor, ¿todavía tiene pepinos en su casa? Présteme uno... Un huracán se acercaba y la mejor amiga de mi hija se quedó atrapada en mi casa. Por la noche, vino a buscarme con las mejillas encendidas para pedirme un pepino, y me dijo: —Es que tengo un poco de hambre. Quiero comer un pepino para entretenerme. Al ver las dos puntitas que se le marcaban bajo el camisón, se me encendió la sangre y le dije: —Este señor tiene algo más sabroso que un pepino.
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Me Forzó a Parir y Perdió Todo

Me Forzó a Parir y Perdió Todo

El día en que Elizabeth Marcial estaba a punto de dar a luz, Agustín Vázquez, mi esposo, me llevó por la fuerza al hospital para inducirme el parto, cuando yo apenas tenía siete meses de embarazo. Me encerró en la sala de partos con el rostro desencajado. —Mónica, el bebé de Elizabeth tiene una enfermedad rara. En cuanto nazca, morirá. El doctor dijo que necesita la sangre del cordón umbilical y unas células madre especiales que solo pueden obtenerse durante el parto para salvarse. Rafael ya murió. Ahora me toca a mí cuidar de ella y de ese niño. La aguja de inducción, de casi diez centímetros, se me clavó sin piedad. Las contracciones me hicieron sudar frío del dolor. —Elizabeth ha estado bien todo el embarazo. ¿Cómo que el bebé tiene una enfermedad rara? Yo, en cambio, he tenido que cuidarme desde el primer día. Si haces que nuestro bebé nazca tres meses antes de tiempo, nos vas a matar a los dos. Agustín frunció apenas el entrecejo y me inmovilizó con fuerza contra la cama. —El doctor ya lo explicó. Solo van a adelantar el parto dos meses. No te va a pasar nada. Al oír los gritos de Elizabeth en la sala de al lado, su mirada se endureció de golpe, como si hubiera llegado a una conclusión. —¿No será que, porque siempre estoy pendiente de Elizabeth, quieres aprovechar esta oportunidad para quitarla de en medio? Ya te dije hace tiempo que la cuido por Rafael. ¿Cómo puedes ser tan cruel? Miré la sangre que no dejaba de brotar y, entre lágrimas, le rogué que tuviera piedad de nuestro bebé. Le dije que, si eso era lo que quería, yo me divorciaría y los dejaría en paz. En los ojos de Agustín no había nada más que fastidio. —No digas tonterías. Soy su padre. ¿Cómo voy a querer hacerle daño? Después de que usaron la sangre del cordón umbilical de mi bebé y las células madre extraídas durante el parto para salvar al hijo de Elizabeth, ella y su hijo quedaron fuera de peligro. Solo entonces Agustín se acordó de venir a vernos. Pero cuando entró en la habitación, sobre la cama solo había dos certificados de defunción: el mío y el de mi bebé.
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Vendida al príncipe de Dubai

Vendida al príncipe de Dubai

"—No creo que te des cuenta, pero no soy ese tipo de chica. Se creía mi dueño, pero de ninguna manera iba a dejar que me viera quebrarme.—Te compré... ¿recuerdas? —respondió, con una mueca en la comisura de los labios.—No, tú compraste mi virginidad. La risa estalló cuando su siniestra mirada recorrió mi cuerpo. —¿No es lo mismo?***Lyla, una estudiante universitaria, cae en apuros económicos al volver a estudiar. En un arrebato de desesperación -y borrachera- se inscribe en un sitio de Sugar babies con la esperanza de vender su virginidad al mejor postor. El único problema es que cuando Lyla vuelve en sí, se da cuenta de que no sólo se vendió a un hombre cualquiera, sino al Príncipe de Dubai. Un príncipe con secretos y sed de cosas oscuras y peligrosas. ¿Será capaz de resistirse a sus oscuras insinuaciones? ""Vendida al príncipe de Dubai"" es una obra de Scarlett Rossi, autora de eGlobal Creative Publishing."
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Me Dejaron Morir en Año Nuevo

Me Dejaron Morir en Año Nuevo

Para celebrar el Año Nuevo, íbamos todos de camino a casa de mis abuelos. En plena autopista, mi hermano menor, Jaime Moreno, no paraba de decir que tenía que ir al baño. Mi mamá nos apuró a mi hermana mayor, Olivia Moreno, y a mí: —La próxima estación de servicio todavía está lejos. Vayan ustedes también de una vez, para que después no me salgan otra vez con que quieren ir al baño. ¡Muévanse, rápido, y nada de demorarse! Salí corriendo. Pero al volver, vi nuestro auto, con las luces traseras encendidas, alejarse despacio. Afuera, la temperatura estaba a más de diez grados bajo cero, y aun así, mis padres me habían dejado allí, olvidada, en una estación de servicio vacía. Eché a correr hacia el auto y grité con todas mis fuerzas: —¡Papá! ¡Mamá! Pero el auto dobló, se metió en el tráfico y desapareció por completo.
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El amor que quedó atrás

El amor que quedó atrás

En el hospital se armó un escándalo. Un familiar de un paciente agitaba un cuchillo como un loco y, por instinto, empujé a Bruno para apartarlo. Pero él, de un tirón, me agarró la mano y me puso enfrente... para proteger a su querida Celia. Así, la cuchillada fue directo a mi vientre. Y con eso, me arrancó a mi bebé, que apenas empezaba a vivir. Mis compañeros del hospital, con lágrimas en los ojos, intentaban llevarme de urgencia a la UCI, pero Bruno me jaló de la camilla con brusquedad. Con la voz dura y cortante, soltó: —¡Primero salven a Celia! Si a ella le pasa algo, los echo a todos. Los médicos se quedaron helados, llenos de indignación. —¡Estás loco, Bruno! —le gritó uno—. Celia solo tiene un rasguño, ¡tu esposa está mucho peor! Yo, con las manos apretando mi abdomen empapado en sangre, asentí lentamente. —Déjenlo así... Bruno... con esto que te devuelvo hoy, ya no te debo nada.
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Pagué Su Culpa y Ella Me Condenó

Pagué Su Culpa y Ella Me Condenó

Cinco años después de mi muerte, mi esposa, la médica Elba Latapí, quiso volver a endilgarme la culpa de un caso de negligencia médica para encubrir a su primer amor. Con un documento falsificado en la mano, se plantó en mi antiguo departamento, pero solo encontró el lugar cubierto de polvo. Entró en pánico y bajó corriendo a preguntarle a Julio Melgar, el dueño de la tienda de abajo, por mi paradero. Pero él le respondió: —¿Antonio Alcayaga? Murió hace cinco años. La familia de la víctima de aquel caso de negligencia médica lo acorraló ahí y le dio más de diez puñaladas. Elba no le creyó. Estaba convencida de que yo había sobornado al dueño del local y de que él estaba mintiendo para cubrirme. Rodó los ojos, curvó los labios con desprecio y resopló: —¿Así que ahora, solo porque lo suspendieron por dos años, me sale con este teatrito? Dile que, si no aparece en tres días, dejaré de pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana. Después de soltar esas palabras, se fue entre maldiciones y azotó la puerta al salir. El dueño la vio alejarse, negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro. —¿Qué hermana? Ella ya murió hace muchísimo tiempo… porque no tenían dinero para costear el tratamiento.
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Ya no quedan cristales, Alfa

Ya no quedan cristales, Alfa

Durante sesenta y seis noches de luna llena, el Alfa Zephyr me colmó de elaborados rituales de cortejo, suplicándome que aceptara ser su compañera. En la sexagésima séptima… finalmente dije que sí. La noche en que consagramos nuestro vínculo de apareamiento, le entregué una bolsita encantada con sesenta y seis cristales de luz de luna. Hicimos un trato: cada vez que rompiera mi corazón, yo aplastaría uno. Ese era el precio de mi perdón. En los seis años desde que nos unimos, rompió mi corazón una y otra vez por su amiga de la infancia, Chloe. Y cada vez… yo aplastaba un cristal. Cuando el cristal número sesenta y cuatro se convirtió en polvo, Zephyr por fin pareció notar que algo no estaba bien. Dejé de decirle que mantuviera su distancia con Chloe. Dejé de necesitar que estuviera a mi lado. Pero cuando intentó dejarme por esa Omega una vez más, lo sujeté del brazo. —Vas a ir con ella… ¿Debería aplastar otro cristal por esto? Zephyr se quedó inmóvil, con el cansancio reflejado en el rostro. —Haz lo que te dé la gana. De todos modos, te quedan muchos. Solo asentí, observando su espalda mientras desaparecía. Él todavía creía que los cristales de luz de luna eran infinitos. No tenía idea… de que solo quedaban dos en la bolsita.
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Su amor de infancia me humilló

Su amor de infancia me humilló

En la fiesta por los tres meses de nuestra hija, la supuesta "mejor amiga" de mi esposo, Garrett, me humilló públicamente. —Oye, Vivian. Escuché que quedaste un poco floja ahí abajo después de tener a la niña. —Si está tan mal, mejor hazte una cirugía de ajuste cuanto antes… no vaya a arruinarse tu matrimonio. Garrett le lanzó una mirada juguetona y la reprendió: —¡Ya basta, Scarlett! No puedes decir todo lo que se te pasa por la cabeza. Luego se volvió hacia mí con un encogimiento de hombros despreocupado. —Ella es así, como un chico. Crecimos juntos, no lo dice con mala intención. Scarlett sacudió ligeramente su pecho medio descubierto e hizo un puchero. —Ay, vamos, no te lo tomes personal, Vivian. La verdad, hasta me das un poco de envidia. —¿Ves? Mi problema es lo contrario. Soy demasiado estrecha… me duele muchísimo cuando estoy en mi período. Ni idea de quién tendrá la suerte de aguantar eso en el futuro. Luego dirigió la mirada hacia Garrett y le guiñó un ojo con picardía. —Ah, cierto, tú ya lo probaste antes, ¿no? La habitación quedó en un silencio absoluto. Todas las miradas se dirigieron hacia mí, apenas conteniendo la curiosidad. Sonreí, dejé mi copa de vino y miré a Scarlett con una falsa preocupación. —Qué raro. No recuerdo haberla dejado tan estrecha cuando le hice la cirugía.
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No Seré Una De Tus Treinta Lunas

No Seré Una De Tus Treinta Lunas

Fui la Beta principal del Alfa Damon. Durante seis años, fui su mano derecha y su compañera en la cama. Cuando anunció nuestro ritual de unión, la manada entera lo celebró. Mi sueño estaba a punto de cumplirse. Pero entonces, afuera de su salón de trofeos privado, lo escuché presumir sobre sus Pruebas de la Luna. Y en ese momento, supe la verdad. No era la única para él, sino una de treinta candidatas. Había pasado un mes con cada una de nosotras, calificando nuestros cuerpos, nuestra sumisión y nuestro desempeño. Mi calificación fue más baja que la de una Omega. Más baja que la de Lydia. —Lydia fue increíble. Apenas y podía separarme de ella. Y luego veo a Elysia… tan tiesa, siempre tan controlada… y la verdad es que… me aburre. La conmoción me paralizó. Dejé de sentir el cuerpo. Seis años de lealtad. Incontables noches entre sus brazos. Al final, todo significó menos que un capricho momentáneo y una loba que sabía arrodillarse. Mi dolor se convirtió en una resolución inquebrantable. Le envié un mensaje a un Alfa que me había pretendido tiempo atrás. “Adrian, dijiste que tu oferta de ser mi compañero seguía en pie. ¿Estás seguro? Ya terminé con Damon.”
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