Imposible escapar del mafioso
Y allí estaba ella, su Sol, girando descalza sobre la hierba, envuelta en un vestido ligero que seguía el movimiento de sus caderas como si estuviera hecho de agua, sus manos se movían en el aire con esa gracia cuidadosa que era belleza y peligro al mismo tiempo, un pañuelo danzaba entre sus dedos, trazando figuras imposibles, para cualquiera, sería un simple paño de seda, para Dima, acostumbrado a ver más allá de la superficie, era un arma hipnótica.
Cada giro, cada vuelta de muñeca, cada quiebre de cintura… él lo sentía clavarse en el centro del pecho.
Sol.
Así se llamaba, lo sabía con la misma certeza con la que sabía que un Neizan no debía jugar con sus visiones, lo sabía porque ya se ha