El Precio de Amar a Ti
Su cuerpo se arqueó, sus pechos hermosos ofreciéndose a mi boca, y yo los tomé, mordiéndolos, chupándolos, marcándolos.
El ritmo que creamos era salvaje, el ritmo del conquistador y su conquista preciosa. Cada embestida era una disculpa por ser tan bruto e intenso, y cada gemido suyo era un perdón… y un pedido de “no pares”. Era crudo, apasionado, maravilloso. Era perfecto. Era un deleite conducir aquella dulce y feroz criatura y verla rendida al borde del colapso.
—Ya eres mía, pequeña… ahora suéltate —gruñí contra sus labios, sintiendo mi propio éxtasis llegar como un tren desbocado.