EL ESCRITOR & SU OBSESIÓN
Eso no está para nada bien, por lo tanto, se acerca y la jala.
—¿Qué te pasa? Déjame bailar… —reclama Sarah en medio de su euforia.
— No protestes y sígueme… ¡Date cuenta de que nos drogaron! —le responde Montserrat. Mientras ella quiere regresar, no es consciente de lo que hace. La lleva al baño, donde cierra la puerta con cerrojo, previniendo que ingresen sus verdugos. Con la poca lucidez que tiene, saca de su bolso el antídoto, es un pequeño frasco, toma también la jeringa, rompiendo el empaque plástico y la prepara inyectándose, procede a realizar lo mismo con Sarah, quien ríe y suda. Solo es cuestión de unos minutos para que este comience a hacer efecto y recobre la cordura.