Santo Pecado
— El francés se detuvo para volver a escupir, la boca se le llenaba de sangre por las heridas — No tienes idea de lo que tienes en las manos y la maltratas como si no valiera nada, no eres un hombre, Adriano, ¡Eres una Bestia!
— ¿Y a ti en que te afecta? ¿O es que tienes intereses en ella?
— ¿Eso es lo único que se te ocurre? ¿Tan limitado eres de mente? ¿No puedes ver que ella sufre por tu culpa, que te ama, y que la estas lastimando por gusto?
— ¡Te mataré por hablarme de esa forma, idiota!
Antón se sacudió los brazos de los hombres que lo sujetaban y con mucha dificultad se levantó lo más erguido que los golpes le permitieron.