El Precio de Perderte
Creo que es el momento.
Las lágrimas de Jena llegaron de forma audible a través del teléfono, desprotegidas de un modo que habría sido del todo imposible para ella tres años antes, y Miguel se descubrió, al escuchar su gratitud genuina y abrumada, sintiendo que algo se asentaba por completo en su propio pecho —no un perdón total, no todavía, quizá nunca del todo, sino algo adyacente a él, la paz particular de una relación reconstruida con honestidad en lugar de restaurada mediante la negación.
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