Cuando la luna susurra mi nombre
El mundo se me estrecha, los rostros alrededor se vuelven máscaras deformes que no logro distinguir, y en mi boca aún late el sabor de su veneno disfrazado de beso, recordándome que mi deseo es ahora la trampa más peligrosa, que mi placer puede ser la llave de mi propia condena.
Cierro los ojos un instante, dejo que la máscara vuelva a cubrir mi rostro, esa máscara de deseo que me salva del llanto, porque no puedo permitirme llorar frente a ellos, no puedo mostrar la herida que me dejan, y entonces sonrío, sonrío con los labios aún húmedos, como si acabara de probar la fruta más prohibida, como si estuviera disfrutando del castigo que me imponen, y los dejo adivinar lo que quieran, porque en