Cuando la luna susurra mi nombre
Meira no resiste más y se acerca, sus dedos tiemblan cuando me tocan, como si no supiera si acariciarme o arrancarme la piel, y sus labios buscan los míos con una desesperación contenida demasiado tiempo, y cuando finalmente me besa, lo hace con una violencia que me arranca el aliento, un beso que sabe a odio y a amor, a celos y a rendición, y me aferro a su cabello como si en ese instante fuéramos una sola herida abierta.
El Forastero nos observa, sus ojos brillan con una oscuridad que me enloquece, y se acerca despacio, sus manos recorren mi cintura y se suman a la danza, no para consolarme sino para encenderme aún más, y el triángulo imposible que formamos se convierte en un fuego que se