CONTRA VIENTO Y MAREA
—refunfuñó ella, haciendo un puchero con su boca.
—¡Ja, ja, ja! Todos los que están aquí, están para trabajar, no para mirar, juzgar u opinar en lo que su jefe puede estar haciendo con su bellísima esposa, encerrado en su oficina —respondió él, besando a su mujer de nuevo.
—No mi vida, a ti no te da pena porque no se te ve nada, pero a mí sí, por favor no me avergüences más —reclamó nuevamente ella, pegando más su cuerpo al de él.