Dijerat Mantan Suami Agar Aku Mau Kembali

Dijerat Mantan Suami Agar Aku Mau Kembali

last updateTerakhir Diperbarui : 2025-05-23
Oleh:  Masrie NapitupuluTamat
Bahasa: Bahasa_indonesia
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"Tidak ada kehamilan untuk persenggamaan ini, ingat!" Hazelt diceraikan oleh Harper, sesaat setelah suaminya itu berhasil menjadi CEO, dan berhasil mendapatkan kerjasama senilai 500 milliar dari keluarga Rich Trevor. Beberapa jam setelah diceraikan, Hazelt mendadak menjadi wanita konglomerat. Harper menyesal dan menarik surat perceraian mereka, namun sayangnya Hazelt sudah tidak menginginkannya lagi. Di hari pertunangan Hazelt dengan pria lain, Harper berhasil mengakuisisi semua perusahaan Rich Trevor yang dibawah kepemimpinan Hazelt. Harper membuat penawaran gila dengan Hazelt, akan mengembalikan semuanya asal Hazelt mau kembali kepadanya. ***

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Bab 1

Bertemu Dengan Mantannya Suaminya

(Perspectiva de Sofía)

El olor de las gardenias siempre me daban ganas de vomitar. Era el perfume de mi madre, el olor de la funeraria y, ahora, el aroma de la gala de la victoria del Alfa.

Estaba junto a la mesa del bufé, con la seda del vestido arañándome la piel, que se sentía demasiado tensa. Al otro lado del salón de baile, Tomás Montoya —Alfa de la Manada North Ridge y el hombre que había desmantelado sistemáticamente el legado de mi padre— se reía. Parecía un rey. Actuaba como un dios.

Era el hombre al que iba a matar.

—No dejes que el champán se te suba a la cabeza, Sofía —una voz áspera resonó a mi lado.

No me volví. Reconocía la cadencia de mi hermano, Javier. Era el único que sabía del frasco escondido en mi liga. —Estoy bien, Javier. Solo admirando el panorama.

—Me estás mirando el cuello como un lobo que acecha a un conejo —siseó, agarrándome el codo—. Sonríe. Parece una debutante, no una asesina. Si los guardias detectan tu adrenalina, las dos estamos muertas antes del postre.

Forcé una sonrisa. Tomé un sorbo del champán añejo, dejando que me quemara la garganta. Mis ojos recorrieron la sala y se posaron en las pesadas puertas dobles de roble. En veinte minutos, Tomás se retiraría a su despacho a firmar los documentos de anexión, los papeles que borrarían oficialmente la manada de nuestra familia del mapa para siempre.

—Voy a entrar —susurré.

—Sofía…

—Él lo mató, Javier. Miró cómo el corazón de papá se detenía y luego pidió una toalla. No voy a dejar que firme esos papeles.

Me escabullí antes de que pudiera protestar. Los pasillos de la hacienda North Ridge eran fríos, forrados de retratos de hombres severos con ojos de pedernal. El corazón me golpeaba las costillas como un tambor frenético que estaba segura podía escuchar cada cambiaformas del edificio. Llegué a la puerta del despacho, con la mano temblando al aferrar el pomo de latón.

Cerrada con llave.

Saqué una horquilla de mi moño; los mechones de mi cabello rubio cayeron sobre mis hombros. En cuestión de segundos, el mecanismo cedió. Me deslicé adentro. La habitación olía a cuero viejo y buen bourbon.

No esperé. Me acerqué al escritorio y saqué el pequeño frasco de cristal de mi liga. El líquido en su interior era un extracto concentrado de nitrato de plata y acónito, suficiente para paralizar a un Alfa en segundos. Destapé la licorera de cristal y lo vertí.

La puerta hizo clic.

Me quedé paralizada, con el aliento atrapado en los pulmones. Me lancé detrás de las pesadas cortinas de terciopelo justo cuando las luces se encendían.

Unos tacones repicaron contra el suelo de madera. No era el paso pesado y arrogante de Tomás Montoya. Este era más ligero, más controlado. Peligroso.

—Puede salir, pequeña ladrona —resonó una voz.

Era grave, como el rumor sordo de una tormenta que se aproxima. La reconocí al instante. Alejandro Montoya. El hijo mayor de Tomás. El heredero aparente. El hombre al que los tabloides llamaban «El Príncipe de Hierro».

Salí con la barbilla en alto y el frasco vacío oculto en la palma de la mano. Alejandro estaba apoyado en el marco de la puerta, con la chaqueta del esmoquin descartada y las mangas arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos con músculos bien definidos. No miraba el escritorio. Me miraba a mí.

—Sofía Villanueva —dijo, bajando la voz un tono—. Me preguntaba si aparecerías esta noche. Mi padre esperaba a tu hermano. No creía que tuvieras el estómago para esto.

—Tu padre no sabe nada de mí —respondí con brusquedad.

Alejandro caminó hacia mí con movimientos fluidos y depredadores. Se detuvo a centímetros de distancia. El aire entre nosotros se cargó de un calor repentino y violento. No era solo rabia. Era otra cosa, una atracción eléctrica que me puso los vellos de punta.

—Sé que estás ocultando algo —dijo, extendiendo la mano. Sus dedos rozaron mi mandíbula y una descarga de electricidad pura me recorrió la columna.

Gaspeé y retrocedí tropezando. La piel me ardía donde me había tocado. Sus ojos se abrieron, pasando de un chocolate oscuro a un dorado fundido y brillante.

El vínculo. El vínculo del Compañero del Destino.

Era imposible. Él era el hijo del hombre que había destruido mi vida. Yo era la chica que acababa de envenenar la bebida de su padre.

—No —susurró él, con la voz temblando de horror y anhelo—. Tú no.

—Aléjate de mí —siseé, lanzándome hacia la puerta.

Me agarró por la cintura, apretándome contra él. El contacto fue como una explosión. Mi loba, callada durante años desde la muerte de mi padre, lanzó un aullido penetrante en el fondo de mi mente. COMPAÑERA.

—Sofía, mírame —ordenó.

—¡Suéltame! —forcejé, pero él era un muro de músculo.

Justo entonces, la puerta se abrió de golpe. Tomás Montoya entró, con aspecto cansado pero triunfante. Se dirigió directo al escritorio.

—¿Alejandro? ¿Qué haces con la chica Villanueva? —preguntó, entornando los ojos. No esperó respuesta. Alcanzó la licorera—. Necesito un trago antes de firmar estos malditos papeles.

—Padre, espera… —empezó Alejandro, apretando su agarre sobre mí.

Tomás sirvió un vaso. Se lo llevó a los labios. Bebió un largo y profundo sorbo.

Observé, paralizada, cómo el hombre que asesinó a mi padre comenzaba a toser. Empezó con suavidad, luego se convirtió en un sonido húmedo y agónico. Se llevó las manos a la garganta; su cara adquirió un tono morado y amoratado. La sangre comenzó a brotar de sus ojos.

—¿Qué has hecho? —rugió Alejandro, soltándome y corriendo hacia su padre.

Tomás se desplomó; su cuerpo golpeó el suelo con un golpe nauseabundo. Se convulsionó una vez, sus ojos buscaron los míos con una última y aterrada comprensión. Luego, quedó inmóvil.

Alejandro miró el cadáver de su padre y luego el frasco vacío que había caído sobre la alfombra. Su rostro se contrajo, con el dolor batallando contra la atracción primaria del vínculo.

—¡Guardias! —gritó Alejandro.

Las puertas se abrieron de golpe. Me derribaron al suelo; me aplastaron la cara contra la alfombra.

—¡Ella lo mató! —gritó Alejandro, con la voz quebrada—. ¡Llévenla a las celdas!

Mientras me arrastraban, miré hacia atrás. Alejandro estaba de pie sobre el cuerpo de su padre, con las manos temblorosas. Pero entonces bajó la vista hacia el escritorio.

Recogió los documentos de anexión que mi padre había sido obligado a redactar. Miró la línea de la firma. Luego miró la sangre en sus manos.

—Esperen —llamó Alejandro, con la voz de repente fría, despojada de la calidez que había sentido momentos antes.

Caminó hasta donde me tenían inmovilizada. Se inclinó y me susurró al oído para que solo yo pudiera escuchar.

—¿Creías que estabas salvando a tu manada, Sofía? Mira los documentos.

Estiré el cuello. Mis ojos se nublaron, pero vi el sello al pie de la página. No era una anexión de las tierras de nuestra manada. Era un Testamento y Última Voluntad.

Mi padre no había estado perdiendo nuestras tierras. Había estado comprando la Manada North Ridge. Tomás Montoya no había sido un conquistador; había sido un Alfa endeudado que vendía su alma a mi padre para mantener a su gente.

—Mi padre no mató al tuyo —susurró Alejandro, con los ojos oscuros encendidos por un fuego vengativo—. Tu padre se suicidó para activar la cláusula del seguro que pagaría nuestras deudas. Le hizo prometer a mi padre que guardaría el secreto para que no odiaras su memoria.

Se incorporó y miró a los guardias.

—No la lleven a las celdas —ordenó Alejandro—. Llévenla al ático. Pongan las cadenas de plata. Ya no es una prisionera de la manada.

Se inclinó, rozando mi oído con sus labios por última vez.

—Es mi propiedad legal. Porque según este contrato, acabo de heredarla.

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Purple Rain
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Buku baru, wajib baca nih ... karya Kak Masrie pasti bikin candu, sayang kalau dilewatkan begitu saja ...
2025-04-10 19:04:46
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