EL MAL DE LOS BUENOS
Leonel miró a Frank, luego a Mark, después su brazo vendado y acomodado sobre su regazo, el hombro apoyado sobre una almohada que iba desde allí hasta el codo.
—Jodido chaleco antibalas, no sirve para nada.
—Sí que sirve, señor —dijo Frank ante las palabras de su jefe—. De hecho, tiene marcas, usted no las sintió.
Leone quiso hacer memoria de disparos sentidos sobre su chaleco, sin éxito. Solo podía recordar la rabia, el fuego pululando entre sus venas, el hartazgo y ahora el brazo herido casi por completo.