Sufrida
La mano en mi cadera se aprieta y sus dedos queman en mi piel, por la presión que está ejerciendo.
Mi vista se nubla y la tormenta que se forma en mi interior es agobiante. Estoy por correrme y solo quiero gritar en cuanto alcance ese punto de nirvana junto con él.
El sonido constante de nuestra carne al chocar, lo impulsa todo y lo vuelve más crudo, más inclemente.
—No aguanto más, cariño… —susurra, entre dientes, con jadeos que me sacan una sonrisa—. Córrete, ¡joder, córrete!