Mamá, ¡Tu Jefe CEO es mi Papi!
Ese desliz de lengua, que en apariencia pudo herir, se transformó en una caricia sincera; y aunque en un primer momento me invadiese la culpa por haber sucumbido ante un amor sin futuro, terminé por comprender que, en el fondo, la decisión era mía, y en ella se encontraba la semilla de un amor inmenso y prometedor.
La noche posterior a la cirugía la pasé sumida en un estado extraño, entre la vigilia y el letargo. Oía el sutil murmullo de la ventilación, los pasos apresurados de las enfermeras, y, en esos silencios, parecía escuchar el latido de sus pequeñas vidas, afirmándome que yo aún era necesaria en este mundo. Esa noche, mientras el dolor persistía como un eco constante, me aferré a la