El Caos Perfecto
Su voz, que en el hospital era gélida y precisa, era aquí un torrente de desesperación.
Cada beso, cada roce, cada movimiento era una cláusula de nuestro nuevo contrato: Tú me perteneces, y yo te pertenezco, más allá de la ley. La vulnerabilidad de su cuerpo desnudo junto al mío era la única verdad que mi mente podía aceptar. Sentí que el control no se había perdido; simplemente se había transformado en una forma más profunda y aterradora de posesión.