Cien Noches Bajo el Velo Negro
Algo andaba mal, pero aun así fue.
A las 22:50 salió de su apartamento, como un autómata, los gestos precisos, el aliento entrecortado, los pensamientos ahogados. Las calles estaban tranquilas, oscuras, llenas de ese silencio cómplice que envuelve las faltas premeditadas. Un coche negro la esperaba ya, con el motor en marcha, en la esquina de siempre. Apenas abrió la puerta, una mano enguantada se adelantó para tenderle la venda. Ella se la ató ella misma, lentamente, dócilmente. Las reglas no habían cambiado.
El trayecto fue mudo, denso, saturado de una calma peligrosa. Ella no veía nada. No hablaba. No hacía preguntas. Como siempre.