Al ritmo del peligro: La dama y el jefe.
Que los muertos llevan su firma… aunque no la haya escrito.
Cierro el cuaderno. Me sirvo una copa de vino. Un Malbec oscuro, intenso, cálido como la sangre.
El mundo duerme, pero yo no.
Yo escribo sobre carne, sobre piel, sobre huesos rotos y gargantas que no gritan más. Yo escribo con mi cuerpo, con mis manos. Y esta novela, esta verdadera novela, no la va a detener nadie.
Ruiz, cuando leas esto —porque lo vas a leer, lo sé— recordá: no fue personal. Al menos no al principio.
Pero ahora, sí.
Ahora es todo para vos.