Mi Bastardo Inocente
Al ver que estábamos solas, dejó de lado cualquier disimulo y me dedicó una sonrisa llena de malicia.
—¡Mírate nada más, Gabriela! ¡Por fin te llegó tu hora! Te lo dije mil veces, Héctor es mío. Pero tú, con el mayor descaro del mundo, metiste. ¿Y encima de todo pensabas casarte con él? Deberías saberlo: para él, yo soy lo más importante en la vida. Tú… tú solo eras un pasatiempo, alguien para matar el rato cuando se aburría, ¡nada más!
Su sonrisa, tan hiriente, encendió toda la rabia que llevaba dentro. Por lo que, sin pensarlo, agarré lo primero que encontré en el suelo y se lo aventé con furia.
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