El despertar del lobo. Crónicas del diamante
Porque el aire, denso y cargado con el hedor acre de la malicia de Makon, se tensó, era un cambio en todo, una vibración que hasta las hormigas podían sentir.
El lobo lo sintió y no necesitó ver; el instinto, más antiguo y afilado que la vista, le gritó que el final no era suyo, era como ese presentimiento helado, casi una premonición, que le recorrió la espina dorsal:
El final no sería de Ylva. Sería el suyo y tenía que hacer algo antes de que llegará. No estaba dispuesto a perder.