El amor en tiempos de hambre
Era el hambre, por una vez, convertida en algo que daba en lugar de devorar.
Pero la fiebre no cedía del todo. Regresaba en oleadas traicioneras, más feroz cada noche. Ana deliraba, llamaba a una madre que nunca venía, y Rómulo, exhausto, le ponía paños fríos en la frente y le susurraba una y otra vez: «Estoy aquí. No te voy a soltar». En esas horas de vigilia encontró un propósito que no sabía que había perdido: cuidar, proteger, ser el puente frágil entre la vida y la fragilidad. La redención no llegó con fanfarrias ni con grandes gestos. Llegó en el roce de una mano pequeña, en el silencio compartido, en el canto terco del canario que seguía sonando contra