Vendida al Jeque
Nayla
Solo me di cuenta de que todo había terminado realmente cuando el silencio empezó a ocupar el lugar de la música, llenando poco a poco cada espacio que antes estaba lleno de celebración, voces, risas y miradas curiosas. El salón seguía impecable, como si hubiera sido montado para durar siempre, con cada detalle perfectamente alineado, cada luz reflejándose en el cristal, cada arreglo intacto, pero, aun así, ya no era el centro de todo. La gente empezaba a despedirse, los grupos disminuían, los pasos se volvían más dispersos, y, por primera vez desde que aquel día comenzó, logré sentir cómo el peso se aliviaba de mis hombros, aunque solo un poco, como si mi cuerpo finalmente entendiera