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Ya no quedan cristales, Alfa

Ya no quedan cristales, Alfa

Durante sesenta y seis noches de luna llena, el Alfa Zephyr me colmó de elaborados rituales de cortejo, suplicándome que aceptara ser su compañera. En la sexagésima séptima… finalmente dije que sí. La noche en que consagramos nuestro vínculo de apareamiento, le entregué una bolsita encantada con sesenta y seis cristales de luz de luna. Hicimos un trato: cada vez que rompiera mi corazón, yo aplastaría uno. Ese era el precio de mi perdón. En los seis años desde que nos unimos, rompió mi corazón una y otra vez por su amiga de la infancia, Chloe. Y cada vez… yo aplastaba un cristal. Cuando el cristal número sesenta y cuatro se convirtió en polvo, Zephyr por fin pareció notar que algo no estaba bien. Dejé de decirle que mantuviera su distancia con Chloe. Dejé de necesitar que estuviera a mi lado. Pero cuando intentó dejarme por esa Omega una vez más, lo sujeté del brazo. —Vas a ir con ella… ¿Debería aplastar otro cristal por esto? Zephyr se quedó inmóvil, con el cansancio reflejado en el rostro. —Haz lo que te dé la gana. De todos modos, te quedan muchos. Solo asentí, observando su espalda mientras desaparecía. Él todavía creía que los cristales de luz de luna eran infinitos. No tenía idea… de que solo quedaban dos en la bolsita.
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Renací y Dejé de Amarte

Renací y Dejé de Amarte

Al enterarse de que Bruno Muñoz, su primer amor, había muerto, mi esposa de mi vida anterior, con quien estaba de luna de miel a bordo de un crucero, se lanzó por la borda y se quitó la vida. Fue entonces cuando entendí que ella nunca había logrado olvidar a Bruno. Cuando volví a nuestros años de juventud, ella me soltó la mano sin dudarlo y caminó directo hacia Bruno. Los vi alejarse y luego me di la vuelta. Desde ese momento, nuestras vidas serían como dos líneas paralelas que jamás volverían a cruzarse. Diez años después, nos reencontramos en una recepción en San Camilo. Ella ya se había convertido en una figura emergente de la alta sociedad y apareció del brazo de Bruno, mostrándose muy cariñosa con él. Al verme entrar a la recepción buscando a alguien, no pudo evitar soltarme: —¿Por qué sigues tan aferrado a mí? Aunque lleves diez años esperándome, jamás voy a enamorarme de ti. No le hice caso. Solo fui a un rincón y saqué de ahí a mi hijo, que estaba comiéndose a escondidas un pedazo de pastel. De pronto, a Ximena se le llenaron los ojos de lágrimas y me tomó la mano con fuerza. —Lo haces para provocarme, ¿verdad? ¿No dijiste que en esta vida solo me amarías a mí?
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No Más Amor en Vano

No Más Amor en Vano

Mi esposo, el jefe de la mafia, pierde a su primer amor por suicidio. Celeste Reyes no podía aceptar que se casara conmigo. Desde entonces, Darius Sterling la llora públicamente todos los días, y nos convertimos en esa clase de pareja que se desprecia más que a nadie. Sin embargo, cuando la familia Moretti de Eastbourne envía asesinos tras de mí, Darius recibe la bala que estaba destinada a mí. La bala estaba envenenada. Mientras yace débilmente en mis brazos, susurra: —Te he salvado la vida. Mi deuda con tu madre está saldada. En nuestra próxima vida, no volvamos a encontrarnos. Ya no quiero odiarte. Solo espero que siempre seas la chica de al lado. Ahora es mi momento de estar con Celeste. Y así como así, muere en mis brazos. Lloro con todas mis fuerzas, pero Darius no vuelve a mirarme. Solo entonces me doy cuenta de lo tonto e infantil que ha sido nuestro odio durante todos estos años. Más tarde, después de eliminar a los Moretti, me quito la vida por él. Sin embargo, cuando vuelvo a abrir los ojos, tengo 20 años, el año de nuestro compromiso. Rechazo el plan de mi padre de un matrimonio concertado y decido ir a New Verden a gestionar el negocio familiar. Esta vez, me mantendré lejos de Darius y le daré a él y a Celeste mis bendiciones.
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No Seré Una De Tus Treinta Lunas

No Seré Una De Tus Treinta Lunas

Fui la Beta principal del Alfa Damon. Durante seis años, fui su mano derecha y su compañera en la cama. Cuando anunció nuestro ritual de unión, la manada entera lo celebró. Mi sueño estaba a punto de cumplirse. Pero entonces, afuera de su salón de trofeos privado, lo escuché presumir sobre sus Pruebas de la Luna. Y en ese momento, supe la verdad. No era la única para él, sino una de treinta candidatas. Había pasado un mes con cada una de nosotras, calificando nuestros cuerpos, nuestra sumisión y nuestro desempeño. Mi calificación fue más baja que la de una Omega. Más baja que la de Lydia. —Lydia fue increíble. Apenas y podía separarme de ella. Y luego veo a Elysia… tan tiesa, siempre tan controlada… y la verdad es que… me aburre. La conmoción me paralizó. Dejé de sentir el cuerpo. Seis años de lealtad. Incontables noches entre sus brazos. Al final, todo significó menos que un capricho momentáneo y una loba que sabía arrodillarse. Mi dolor se convirtió en una resolución inquebrantable. Le envié un mensaje a un Alfa que me había pretendido tiempo atrás. “Adrian, dijiste que tu oferta de ser mi compañero seguía en pie. ¿Estás seguro? Ya terminé con Damon.”
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Me Engañó y Lo Dejé en la Ruina

Me Engañó y Lo Dejé en la Ruina

El día en que mi esposo, Jorge Cortes, y Leticia Batallar, la universitaria a la que él apoyaba económicamente, publicaron en Facebook las fotos de boda, yo no armé ningún escándalo. Hasta les dejé un "Me gusta". Y hasta comenté: "¡Qué linda pareja hacen! Bendiciones a los novios." Todos decían que yo era la esposa más patética de todas, que dejaba que la amante me humillara delante de todo el mundo. Una semana después, él volvió a casa para darme explicaciones: —Todo fue una actuación. El abuelo de Leticia está muy enfermo y, antes de morir, quiere verla casada. Yo asentí con calma. —No le di importancia. Te creo. En mi vida anterior, ese mismo día fui a la boda a armar un escándalo y terminé arruinándoles la ceremonia. Para castigarme, Jorge arremetió directamente contra la empresa de mis padres. La llevó a la quiebra y mis padres terminaron quitándose la vida. A mí, Leticia me mandó a encerrar en un psiquiátrico, donde me torturaron hasta volverme loca. Por eso, en esta nueva vida, ya no espero su amor. Lo único que quiero es su dinero. Cada vez que me engaña, voy transfiriendo a mi nombre parte de los bienes que todavía están a nombre de él. Solo le quedan tres infidelidades más antes de quedarse sin nada.
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Pagué Su Culpa y Ella Me Condenó

Pagué Su Culpa y Ella Me Condenó

Cinco años después de mi muerte, mi esposa, la médica Elba Latapí, quiso volver a endilgarme la culpa de un caso de negligencia médica para encubrir a su primer amor. Con un documento falsificado en la mano, se plantó en mi antiguo departamento, pero solo encontró el lugar cubierto de polvo. Entró en pánico y bajó corriendo a preguntarle a Julio Melgar, el dueño de la tienda de abajo, por mi paradero. Pero él le respondió: —¿Antonio Alcayaga? Murió hace cinco años. La familia de la víctima de aquel caso de negligencia médica lo acorraló ahí y le dio más de diez puñaladas. Elba no le creyó. Estaba convencida de que yo había sobornado al dueño del local y de que él estaba mintiendo para cubrirme. Rodó los ojos, curvó los labios con desprecio y resopló: —¿Así que ahora, solo porque lo suspendieron por dos años, me sale con este teatrito? Dile que, si no aparece en tres días, dejaré de pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana. Después de soltar esas palabras, se fue entre maldiciones y azotó la puerta al salir. El dueño la vio alejarse, negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro. —¿Qué hermana? Ella ya murió hace muchísimo tiempo… porque no tenían dinero para costear el tratamiento.
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Retroceder en el Tiempo para Salvarte

Retroceder en el Tiempo para Salvarte

Después de que muriera su primer amor, Sophia Hayes me odió durante diez años. Yo intenté recuperar su favor todos los días, pero ella solo me respondía con burlas frías. —Si de verdad quieres hacerme feliz, ¿por qué no te mueres de una vez? Sus palabras eran como dagas clavándose en mi corazón. Por eso, cuando murió en un charco de sangre al intentar salvarme de un camión que venía de frente, el impacto fue todavía mayor. Con la mirada fija en mí por última vez, susurró: —Si tan solo nunca te hubiera conocido... Su madre estaba destrozada por el dolor en el funeral. —Debí haber dejado que Sophia estuviera con Ethan Brooks. ¡Nunca debí obligarla a casarse contigo! Su padre también me miró con odio en los ojos. —Sophia te salvó la vida tres veces. Era una persona tan maravillosa... ¿Por qué no fuiste tú el que murió en su lugar? Todos lamentaban que Sophia se hubiera casado conmigo. Yo también. Me echaron del funeral, completamente destrozado. Tres años después, viajé de regreso al pasado después de que se inventara una máquina del tiempo. Esta vez, elegí cortar por completo todos mis lazos con Sophia y darles a todos la versión de la historia que de verdad deseaban.
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Arrepentimiento: Mi Don heredó a su cuñada

Arrepentimiento: Mi Don heredó a su cuñada

En el quinto aniversario de mi matrimonio con Álvaro Rosales, la tragedia llegó sin aviso: su hermano murió de repente y él tuvo que asumir el papel de Don. Pero la familia impuso una condición cruel… debía tener un hijo con mi cuñada Sara Olmeda para preservar el linaje. Me negué. Álvaro también… o eso creí. Aún recuerdo cómo apretó mi mano y prometió: —Elena, jamás voy a aceptar eso. Solo tú puedes ser la matriarca de la familia Rosales… y nuestro hijo será el único heredero. Pero con los días, algo cambió. Él regresaba cada vez más tarde, consumido por responsabilidades del clan y con un perfume que no era mío. Hasta que un video anónimo lo confirmó todo. Allí estaba él, junto a Sara, en una consulta prenatal. Su mano sobre su vientre… con una ternura que alguna vez fue mía. —Sara… gracias por darme al heredero de la familia Rosales —le dijo. Y en ese instante, mi mundo se rompió. Su promesa ya era ceniza. Así que hice lo único que me quedaba… incendié el hogar que una vez fue nuestro y me fui sin mirar atrás. Después de todo, mi padre —el Don de la familia Velasco— llevaba años esperando mi regreso… y había llegado el momento de reclamar lo que siempre fue mío.
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Mi Cara

Mi Cara

Marcus Donnelly, de veintiséis años, es uno de los pintores más exitosos y famosos de todo el país. Sus obras maestras del arte contemporáneo se han vendido por millones, lo que lo convierte en una figura bastante conocida en el mundo de las Bellas Artes. Sin embargo, después de un percance, hace dos años, desarrolla un bloqueo de pintor, que no puede superar. Se transforma en un monstruo depresivo, solitario y exasperante que no le gusta a nadie. Marcus casi ha perdido la esperanza cuando aterriza en una hermosa casa de playa en Long Island. La atmósfera positiva de la casa, junto con la presencia de una joven y delicada chica dispuesta a trabajar como su ama de llaves, lo impulsa a comprar la propiedad. ¿Podrá superar su bloqueo? ¿Qué sucederá cuando se enamore perdidamente de la joven? ¿Podrá controlar sus sentimientos cuando se conviertan en una obsesión? ¿Qué sucederá cuando descubra secretos de su vida pasada que la alejan de él? Esta es la historia de una joven que pasa de la pobreza a la riqueza y lucha sola por alcanzar el estrellato. Al huir de Marcus Donnelly, el único hombre que más la ama, pronto se ve arrastrada a un mundo de drogas, fama, poder, miseria y riqueza. ¿Será capaz Marcus de vencer sus propias batallas y rescatarla?
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La streamer, el empresario y la esposa

La streamer, el empresario y la esposa

Después de cuatro años de matrimonio, Alejandro Giraldo, quien nunca publicaba en redes sociales, sorprendentemente subió un post: «¡Vaya, gatita golosa y antojadiza!» La foto mostraba a una chica con una diadema rosa de orejas de gato, comiendo barbacoa y sacando la lengua con las mejillas rojas por el picante. Era Mariana Ospina, la nueva presentadora de su empresa. En menos de un minuto, un amigo en común comentó: «¡Te olvidaste de cambiar de cuenta!» Así que la nueva publicación de Alejandro desapareció sumamente rápido, pero pronto reapareció en las redes sociales de Mariana. Poco después, entró la llamada de Alejandro. Antes, yo habría guardado capturas de pantalla y lo habría llamado primero para reclamarle; definitivamente no habríamos terminado sin una pelea. Pero, esta vez, muy consideradamente, esperé hasta que la llamada se cortara sin contestar.
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