No puedo callarme cuando veo cómo muchas historias maquillan algo que no es amor; me pone a reflexionar de inmediato. En novelas y series lo falso suele nacer de la idealización: personajes que proyectan en otro todo lo que les falta, convirtiendo deseo, soledad o necesidad en un sentimiento profundo. Eso se ve cuando la trama se apoya en química intensa pero sin desarrollo real de confianza, valores o respeto, y el público termina creyendo en algo que solo fue chispa o conveniencia.
Otra fuente recurrente es la manipulación narrativa o de personajes: alianzas por poder, convenios familiares, venganza disfrazada de afecto, o relaciones donde uno usa al otro para mejorar su estatus. Pienso en escenas donde el “romance” surge en medio de intrigas y se sostiene por mentiras; ahí no hay amor, hay un trato. También está el trauma bonding: personajes que se quedan juntos por miedo, dependencia emocional o resentimiento compartido, que la historia a veces romantiza en lugar de cuestionar.
Al final disfruto estas tramas porque generan conflicto, pero me frustra cuando la ficción presenta ese falso amor como modelo. Como lectora, prefiero cuando la narrativa desenmascara las motivaciones reales y obliga a los personajes (y a nosotros) a enfrentar las consecuencias de confundir deseo con amor verdadero. Esa honestidad narrativa siempre me deja pensando.