Istri Juragan Jagatnata (His by Law, Never by Love)

Istri Juragan Jagatnata (His by Law, Never by Love)

last updateDernière mise à jour : 2025-10-03
Par:  thxyousomatchaEn cours
Langue: Bahasa_indonesia
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"Ingatlah ini Sukma ... aku tidak akan pernah mencintaimu, seumur hidupku." Jagat menatap Sukma tajam. "Saya tidak akan menuntut apa pun darimu, Mas. Tapi satu hal yang pasti, Saya akan selalu berada di sisimu sampai Saya mati." Hutang keluarga membuat Sukma harus membayar semuanya. Tidak dengan uang, tetapi dengan jiwa dan raganya. Sukma membuang jauh-jauh mimpinya, jika dia akan menikah dengan pria yang dicintai-yang mencintai dirinya sepenuh hati. Di mana Sukma harus menikah dengan seorang juragan bernama Jagatnata dan dituntut untuk melahirkan pewaris keluarga Pramoda.

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Chapitre 1

1. Malam Pengantin Tanpa Cinta

Tras el choque, David García había perdido la memoria.

La buena noticia: era mentira.

La mala noticia: lo hacía a propósito.

—María, todo lo nuestro se me borró. Lo que se puede olvidar es porque simplemente no era importante. ¿Me entiendes?

David estaba sentado en la cama del hospital, con las facciones impecables pero la mirada cargada de impaciencia.

Parecía tener miedo de no ser lo suficientemente claro y que María siguiera molestándolo.

El viento se coló en la habitación, rozando el rostro pálido de María y lastimando cada uno de sus nervios.

—Entiendo. Me queda claro —respondió ella con una calma absoluta.

Sabía que él estaba fingiendo.

Quince minutos antes, al despertar, el médico le había dicho que David tenía amnesia grave.

Sin importarle su propia debilidad, ella corrió a buscarlo, pero al llegar a la puerta lo vio apoyado en el marco de la ventana, relajado, fumando y hablando por su celular.

Su voz tenía una ternura que ella jamás había escuchado.

—¿Todavía te atreves a ir a esa cita a ciegas? ¿Crees que usaría a María para darte celos si no me importaras? —decía él al teléfono

—. Ya sé que la regué, ¿está bien?

La mujer al otro lado hizo un puchero audible y provocador.

David pasó saliva, con la voz ronca:

—¿Nada más eso?

—Esta noche puedes hacer conmigo lo que quieras… —susurró ella.

María no escuchó el resto, pero por la mirada encendida de David, no hacía falta ser adivina.

De pronto, la mujer subió el tono:

—Oye, ¿y qué va a pasar con María? No quiero ser "la otra". Si esto se sabe, ¿cómo voy a dar la cara?

—No te preocupes —respondió él, sacudiendo la ceniza del cigarro con prepotencia—. Ya hice que el doctor me falsificara un historial de amnesia. Mientras yo no lo admita, ¿quién le va a creer a ella?

La mujer hizo una pausa, como si todavía no estuviera del todo conforme.

—¿Y si se te pega como lapa? Si yo fuera ella, tampoco te soltaría.

—No le voy a dar ni la más mínima oportunidad.

David sonrió como el dueño del juego.

María, recargada contra la pared del pasillo, apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas, pero no sintió dolor.

En un parpadeo, recordó los fragmentos de su vida: eran amigos de la infancia, pero por el rechazo de la familia García, llevaban cuatro años de un romance clandestino.

Anoche, él finalmente había aceptado hacer pública la relación, pero hoy, camino a ver a la familia, ocurrió el accidente.

Los dos quedaron heridos y se desmayaron por el impacto.

María no imaginó que la revelación que llevaba cuatro años esperando llegaría así.

No había sido más que David picándose con otra mujer.

Él ya estaba enamorado de alguien más.

Con razón, mientras manejaba, no dejaba de mirar el celular con la mente en otra parte.

María se lo había hecho notar, y él solo le dijo que estaba esperando un mensaje del trabajo.

Ahora entendía la verdad. No esperaba nada de trabajo. Esperaba que aquella mujer se pusiera celosa.

El sonido de los pasos del doctor le cortó el hilo de los pensamientos. María fingió que acababa de llegar y entró al cuarto con él.

Para entonces, David ya se había vuelto a recostar en la cama.

Ni siquiera la miró. Siguió el juego frente al médico, interpretando a la perfección su papel de amnésico.

Y al final, con una frialdad impecable, la echó.

—Si ya entendiste, entonces vete.

María de verdad sintió ganas de aplaudirle la actuación.

Para deshacerse de ella, el señor de la familia García se estaba tomando demasiadas molestias.

Varias veces quiso abrir la boca, pero la garganta se le llenó de amargura. Al final, lo único que le subió al rostro fue la humillación.

Era demasiado humillante.

Cuatro años juntos.

David sabía perfectamente cuánto lo amaba María.

Sus amigos también lo sabían.

Ella se había entregado a él sin exigir un título, cuidándolo más como una sirvienta que como una pareja.

Si él se enojaba, ella era capaz de sacrificar su propio sueño con tal de calmarlo.

En el mundo de María, todo giraba alrededor de David.

Y ahora él estaba usando un método tan cruel para obligarla a renunciar.

Ja.

Qué ironía.

María estaba entumecida, pero lúcida. Al final, solo asintió.

—Está bien. Ya me voy.

Como él quería.

El amor mendigado nunca se puede retener.

Y ella también estaba cansada.

Bajó la mirada y salió del cuarto.

David siguió con los ojos la silueta de María mientras se alejaba y alzó apenas una ceja, como si no esperara que aceptara tan fácil.

Luego llamó a su asistente.

—Pon a alguien a vigilar a María. No vaya a ser que ahorita se haga la digna y luego regrese a suplicarme que recupere la memoria. Aquí en el hospital hay demasiada gente. Si la ven, se vería mal.

Lo dijo frunciendo el ceño, como si ya pudiera imaginar a María rogándole.

El asistente asintió y salió enseguida.

***

María no recordaba cómo había vuelto a su cuarto.

Se quedó sentada al borde de la cama, inmóvil, como una niña abandonada.

La humedad le subía y le bajaba en los ojos, pero no lograba llorar.

Después de cuatro años, era imposible soltarlo de un momento a otro.

Al final, se dejó caer agotada sobre la cama, y su mano tocó justo el celular que tenía a un lado.

La aspereza de una grieta le apretó el pecho.

Durante el choque, el celular había estado dentro de su bolsa. No se había golpeado en absoluto.

¿Cómo podía estar roto?

A María se le vino una idea a la cabeza y, temblando, lo tomó entre las manos.

Tenía una marca evidente de aplastamiento.

La pantalla estaba hecha pedazos y ya no encendía.

Y con eso, seguramente también habían desaparecido todas las pruebas de su relación con David.

María ya sabía quién había sido.

Para asegurarse de que no lo siguiera molestando, David de verdad había pensado en todo.

Soltó una risa helada y miró el dibujo de la funda: una caricatura hecha a partir de ellos dos.

En aquel momento, la felicidad había sido real.

Y ahora, la crueldad también lo era.

Lo que él ya no quería, ella tampoco lo iba a querer.

Con un golpe seco, aventó el celular al bote de basura y luego le pidió a una enfermera que le ayudara a tramitar el alta.

Cuando estaba por irse, la enfermera la detuvo y señaló las cosas amontonadas en una esquina del cuarto.

—Señorita María, aquí todavía están sus cosas. ¿No se las va a llevar?

María volteó a verlas.

Eran todos los regalos que había preparado para esta visita a casa de David.

Al hombre podía dejarlo atrás. Los regalos no.

Al fin y al cabo, le habían costado bastante dinero. Si los subía al internet, todavía podría recuperar algo.

Escogió lo que todavía podía vender. Los postres que ya no se podían revender se los dejó a las enfermeras que estaban cerca.

—Se los regalo. Para que los prueben. Gracias por todo su trabajo.

Después de decir eso, salió del hospital.

***

Una vez que María se fue, David se tomó una siesta.

Al despertar, vio en la mesita una sopa cremosa.

Se frotó el rabillo del ojo y chasqueó la lengua.

Ya lo sabía. Quitarse de encima a María no iba a ser tan fácil.

Ese jueguito de aparentar calma mientras por debajo seguía buscando agradarle ya le tenía harto.

David se incorporó.

—Ayúdame a tirar la sopa…

—Señor, ya despertó. ¿Va a tomarla? Le traigo una cuchara. Yo mandé a comprarla de urgencia.

El asistente le ofreció la cuchara con toda diligencia.

David frunció el ceño.

—¿Tú la compraste?

—Sí, yo. —El asistente reaccionó y añadió—. El médico dijo que la señorita María volvió a su cuarto y enseguida pidió el alta. Supongo que ya aceptó que usted perdió la memoria y que lo de ustedes se acabó.

David tomó la sopa con calma y soltó una risa burlona.

—¿Aceptar? María no es de las que aceptan así nada más. Si lo fuera, yo no habría tenido que usar este método para obligarla a terminar. Seguramente vio que mandé a romperle el celular y, como no quiso perder la cara, no le quedó más que hacer berrinche.

—Entonces, ¿todavía quiere que ponga gente a vigilar a la señorita María? —preguntó el asistente.

—No hace falta. Al rato vendrá sola con cualquier pretexto a buscarme. Ve a tramitarme el alta.

—Sí, señor.

***

María no regresó directamente a casa. Fue a la villa de David.

Si iba a terminarse, entonces tenía que terminarse de verdad.

Se quedó parada frente a la puerta y tocó el timbre.

En cuatro años de relación, había ido a esa villa más de cien veces.

También le había cocinado más de cien comidas.

Y eso que cada vez él la abrazaba por la espalda y le murmuraba al oído:

—Marita, cuando nos casemos, voy a ser el hombre más feliz del mundo.

Pero el hombre que decía que se iba a casar con ella nunca le dio una llave.

Ni siquiera cuando cambiaron la cerradura por una de huella.

Los empleados de la casa tenían registrada la suya.

Ella, en cambio, seguía siendo una extraña.

En ese momento, se oyó cómo la sirvienta Dolores abría la puerta.

—Señorita Laura, ¿otra vez no le reconoció la huella?

—¿La señorita Laura?

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