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La segunda vida de la despreciada Donna

La segunda vida de la despreciada Donna

Desperté, y tenía 28 años otra vez. Tenía dos herederos gemelos, y mi esposo era Santino, el Don de la mafia más temido de Veridia. Presidía la Comisión de las Cinco Familias. Su perfil afilado había sido portada de la revista más exclusiva del inframundo durante varios números consecutivos. Hasta las familias Valerianas más antiguas hacían fila para ofrecerle a sus hijas. Todas las mujeres de Altoria envidiaban mi buena suerte. Pero lo primero que hice al despertar fue tomar los papeles del divorcio —la tinta todavía fresca— y entregárselos a Jessy, el amor de su infancia. —Mi abogado se encargará del divorcio. Las propiedades y los bienes son tuyos. Santino es tuyo. Los niños también. Jessy, sentada frente a mí, no podía creerlo. Sus ojos estaban abiertos de par en par. —¿Estás loca, Alessia? ¿Esto es algún tipo de trampa? —¿Cómo puede ser que la mujer que llevó seis años siendo Donna lo suelte todo tan fácilmente? Bajé la mirada, con voz serena. —Ya que todos te prefieren a ti, decidí que era hora de hacerme a un lado. Haz que Santino lo firme y estampe su anillo de sello en la cera. —Una vez que el divorcio sea oficial, abandonaré Veridia para siempre. Esta vez no cometería el mismo error. Nunca más volvería a ser una Donna solo de nombre.
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No quieren soltarme

No quieren soltarme

Cumplía años y mi esposo, Don Damián, me regaló el collar de perlas de su difunta esposa. Me lo puse para la cena. Mi hijastro, León, enfurecido, me arrojó vino tinto encima. Fui el hazmerreír de toda la fiesta. —¡Maldita! —me dijo entre dientes—. ¿Acaso crees que por ponerte las joyas de mi mamá vas a poder reemplazarla? Me clavó una mirada gélida. Y luego gritó: —¡Lárgate de mi casa! Pero su madre murió cuando él era un bebé. Fui yo quien lo crio. Alguien le metió cizaña. Le dijeron que yo había matado a su madre. Ahora cree que soy una víbora que engatusó a su padre. ¿Y su padre? ¿Mi esposo? Él nunca me vio realmente. Solo veía el fantasma de Cristal. No se me rompió el corazón… ¡se hizo añicos! No me amaron. Ni siquiera me tomaron en cuenta. Así que me fui. Entonces, ¿por qué, cuando por fin me había ido, volvieron de rodillas, suplicándome que volviera?
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El Tesorito De La Juventud

El Tesorito De La Juventud

—Tío, por favor, te lo suplico… ayúdame a quitarme esta cosa… En cuanto la mejor amiga de mi hija se levantó el vestido, vi algo que parecía sacado de otra época: un cinturón de castidad con un candado que solo un hombre podría abrir. Justo cuando la jovencita se lanzó hacia mí con los ojos llorosos, su compañera de departamento de treinta años llegó a la casa y se puso celosa al vernos. Con unas copas encima, se quitó la chaqueta y también se lanzó hacia mí. —Hazte a un lado, niña, deja que los adultos… tengan una buena charla... Una era una jovencita dulce y la otra era una mujer madura con un cuerpo increíble. Ya no pude contenerme…
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Su trampa perfecta

Su trampa perfecta

Bianca y yo compartimos los mismos gustos. El problema es que ella codicia a cada hombre que entra en mi vida. Asegura que soy una ingenua, que no entiendo cómo funciona la mente de los poderosos. Disfraza su veneno con la farsa de que solo los «pone a prueba» por mi propio bien. Dice que me protege, pero el juego siempre termina igual: ella en la cama de mi novio. Y luego, el golpe de gracia en la cara: —¿Lo ves? Te lo advertí. No sirves para este mundo. Estos hombres son tiburones, y si no fuera por mí, ya te habrían devorado viva. Me tragué la rabia. Guardé un silencio absoluto. Esta vez, decidí jugar mis cartas en las sombras. Busqué al mismísimo rey del imperio criminal de Nueva York. Cuando ella descubrió mi rastro, mordió el anzuelo de inmediato. Pobre infeliz. No tiene la menor idea de la realidad. Ese capo no es mi trofeo. Es la trampa mortal que preparé para verla caer.
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La Reina Oculta

La Reina Oculta

La boda es en media hora, y la asistente de mi prometido, esta mujer, acaba de entregarme este papel. Regla número uno: Nada de contacto físico con él en público, a menos que él lo permita explícitamente. Regla número dos: La intimidad solo ocurrirá cuando él la inicie. Ella está obligada a satisfacer sus deseos al menos una vez al mes. Regla número tres: Él puede exigir lo que le corresponde en cualquier momento, en cualquier lugar, y ella no puede negarse. … Cuando terminé de leer el contrato completo de dos páginas, tuve que esforzarme para que la sonrisa no se me rompiera. Tragándome el fuego que me ardía en el estómago, llamé a mi prometido: —Marcus, ¿qué demonios es esto? ¿Cómo que «si él engendra un hijo, ella debe criarlo, sin importar quién sea la madre»?
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No Seré Una De Tus Treinta Lunas

No Seré Una De Tus Treinta Lunas

Fui la Beta principal del Alfa Damon. Durante seis años, fui su mano derecha y su compañera en la cama. Cuando anunció nuestro ritual de unión, la manada entera lo celebró. Mi sueño estaba a punto de cumplirse. Pero entonces, afuera de su salón de trofeos privado, lo escuché presumir sobre sus Pruebas de la Luna. Y en ese momento, supe la verdad. No era la única para él, sino una de treinta candidatas. Había pasado un mes con cada una de nosotras, calificando nuestros cuerpos, nuestra sumisión y nuestro desempeño. Mi calificación fue más baja que la de una Omega. Más baja que la de Lydia. —Lydia fue increíble. Apenas y podía separarme de ella. Y luego veo a Elysia… tan tiesa, siempre tan controlada… y la verdad es que… me aburre. La conmoción me paralizó. Dejé de sentir el cuerpo. Seis años de lealtad. Incontables noches entre sus brazos. Al final, todo significó menos que un capricho momentáneo y una loba que sabía arrodillarse. Mi dolor se convirtió en una resolución inquebrantable. Le envié un mensaje a un Alfa que me había pretendido tiempo atrás. “Adrian, dijiste que tu oferta de ser mi compañero seguía en pie. ¿Estás seguro? Ya terminé con Damon.”
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Regreso a Hace Diez Años

Regreso a Hace Diez Años

Después de la muerte de su amada, Leandro Fuentes me odió durante diez años. Intenté acercarme a él de todas las formas posibles, pero él solo me lanzaba una sonrisa helada. —Si de verdad quieres agradarme... mejor muérete. Aquella frase me atravesó el pecho como una daga. Pero el día que un camión se lanzó contra mí, fue él quien dio su vida para salvarme, muriendo en un charco de sangre. Antes de cerrar los ojos para siempre, me miró profundamente y dijo, con voz entrecortada: —Si tan solo... nunca te hubiera conocido. En el funeral, la madre de Leandro, doña Eugenia, se aferraba a su retrato mientras las lágrimas le nublaban la vista. —¡Yo debí dejarlo estar con Clarisa! ¡Nunca debí forzarlo a casarse contigo! Su padre, don Ernesto, me fulminó con la mirada, y, con la voz cargada de rabia, añadió: —¡Leandro te salvó tres veces! ¡Era un hombre excepcional! ¡¿Por qué no moriste tú en su lugar?! Todos, absolutamente todos, lamentaban que él se hubiera casado conmigo. Incluso yo. Me echaron del funeral como si fuera una ladrona de paz. Sin rumbo, como un alma errante, caminé sin saber a dónde ir. Tres años después, un avance científico rompió las barreras del tiempo: se creó una máquina capaz de llevarnos al pasado. Y yo... yo volví. Esta vez, decidida a no volver a cruzarme con Leandro, a dejar que él y Clarisa estén juntos. Esta vez, haré feliz a todos... aunque eso signifique desaparecer de sus vidas.
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En esta vida no tengo corazón para amar

En esta vida no tengo corazón para amar

La infancia de Adrián Rivas estuvo marcada por su primer amor. Pero cuando ella murió, él me odió durante diez largos años. Al día siguiente de nuestra boda, pidió ser enviado a una misión en la frontera. Durante una década le escribí incontables cartas, intentando acercarme una y otra vez… pero su respuesta siempre era la misma: —Si de verdad te sientes culpable… entonces muérete pronto. Hasta que un día fui secuestrada. Y él, solo y sin refuerzos, irrumpió en el escondite de los criminales para salvarme, recibiendo varias balas por mí. Antes de morir, con sus últimas fuerzas, me apartó bruscamente la mano y dijo: —Lo que más me arrepiento en esta vida… es haberte tomado por esposa. Si existiera otra vida… te ruego, no vuelvas a buscarme. En el funeral, la madre de Adrián lloraba de arrepentimiento. —Hijo mío, ha sido culpa mía… yo no debí obligarte. Su padre, lleno de odio, me gritó entre lágrimas: —Mataste a Clara, y ahora también a mi hijo. ¡Eres una desgraciada! ¿Porqué no te mueres tú también? Incluso el comandante, que insistió para que nos casáramos, bajó la cabeza con remordimiento. —Fue mi error, no debí separar a dos enamorados… Le fallé al camarada Adrián. Todos lamentaban la muerte de Adrián, incluyéndome a mí. Esa misma noche, fui expulsada del ejército y quedé sin ningún rumbo. En medio de la nada, en un campo solitario, bebí veneno y morí. Pero al abrir los ojos otra vez… regresé al día antes de nuestra boda. Esta vez, decidí cumplirles el deseo a todos.
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La señora no perdona al infiel

La señora no perdona al infiel

Con veinticinco semanas de embarazo, Julieta García descubrió la infidelidad de su esposo durante una revisión prenatal. Con el cuerpo hinchado por la gestación y un aspecto descuidado, sostenía con dificultad su vientre abultado, mientras la joven amante de su marido la llamaba esa mujer. Delante de todos, él la miraba con un desdén abierto Pero la primera vez que Julieta conoció a Héctor Gómez, ella también fue el centro de todas las miradas, admirada y rodeada de halagos. Convencido de que ella había logrado casarse con él gracias a esa relación, Héctor tomó la iniciativa de divorciarse. En ese instante, su corazón murió por completo. Desde los años universitarios hasta el mundo laboral, ocho años de amor silencioso y de entrega absoluta demostraron no valer nada. Tras dar a luz, Julieta firmó el acuerdo de divorcio y se marchó sin volver la vista atrás. *** Cinco años después. Ella se había convertido en una poderosa empresaria multimillonaria. Era deslumbrante, segura de sí misma, talentosa, y no le faltaban pretendientes. El mismo Héctor, que en su momento insistió en divorciarse, nunca llegó a recoger el certificado de divorcio. Julieta presentó entonces una demanda judicial. Héctor, que antes la despreciaba, empezó a aferrarse a ella y, frente a cada pretendiente que se le acercaba, respondía con una venganza implacable. Hasta que Julieta apareció del brazo de otro hombre y anunció su compromiso. Héctor la acorraló contra la pared, fuera de control, y le espetó con voz ronca: —¿Casarte con otro hombre? Ni lo sueñes.
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Dayami Hinojosa
Por favor señorita Escritora haga unos episodios más en donde Julieta se de cuenta que ella es la hermana que Jairo siempre tuvo en su mente, y por ella y su señor padre fue que se quiso independizar y ya no tener tratos con la familia Quintana que Jairo se case con Jimena, Carlos se merece a Jul
Anii Queen
La novela tiene su atractivo, está buena, es atrapante pero por partes se vuelve densa y repetitiva. en distintos capítulos se repiten párrafos y otras veces están mal escritos. Por otro lado la aplicación está buena, cumple con lo que promete. Puedo agregar que No le creo nada a Héctor! Saludos...
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Mi querido prometido, ahora es mi turno de jugar el juego peligroso

Mi querido prometido, ahora es mi turno de jugar el juego peligroso

La noche de nuestra fiesta de compromiso, encontré a mi mejor amiga jugando un juego peligroso con mi prometido. El casino del yate privado de nuestra familia fue donde los encontré. Clara estaba sentada en el regazo de mi prometido, Killian, el heredero de la familia Falcone. Killian sostenía una afilada daga de la familia, cuya punta enganchaba el delgado tirante de su vestido. La hoja trazó un camino a lo largo de su clavícula. La más mínima presión rompería la seda. Era una peligrosa e íntima escena. Di un paso adelante con el ceño fruncido, pero Killian solo se burló. —Es solo un pequeño juego para animar las cosas, «Principessa». No te pongas tan tensa. Los ojos de Clara se entrecerraron, y su voz destilaba una falsa dulzura. —Solo estamos jugando a un juego tradicional de la familia. El juego del cuchillo. No te molesta, ¿verdad, dulzura? Estaba a punto de hablar, pero la expresión de Killian se endureció. —Acabamos de comprometernos, ¿y ya estás intentando controlarme? Así que no dije nada. Simplemente saqué mi pistola personalizada de la funda en mi muslo. —Así que es un juego —dije—. Entonces juguemos por algo real.
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