Cuando la luna susurra mi nombre
Me siento sobre sus piernas, lo miro a los ojos y deslizo mis dedos por su cuello, bajando lentamente hasta su pecho, que late con una fuerza que rivaliza con la mía.
—Esto no es amor —digo, con una voz más grave de lo que esperaba—. Es una caricia prohibida, un secreto que siembra tanto placer como culpa.
Él me toma de la nuca y me besa de nuevo, más profundo, más salvaje, como si quisiera borrar mis palabras con la urgencia de su lengua. Y mientras sus manos exploran cada rincón de mi cuerpo, siento cómo mi propio deseo crece hasta sofocar cualquier resistencia, y me entrego al vaivén de nuestras respiraciones, al calor que nos consume sin tregua, a ese momento en que no importa el mañana