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Justicia Carmesí: Muerte de una Pequeña Loba

Justicia Carmesí: Muerte de una Pequeña Loba

Mi madre nunca me creyó, viéndome siempre como una cachorra mentirosa. En mi manada, cada cachorro llevaba un Collar del Juramento de Luna, donde el color rojo indicaba mentira y el blanco la verdad. El collar de mi hermana siempre brillaba con una luz blanca y suave; aun si fingía estar enferma para librarse de un examen, el color mantenía su tenue resplandor. En cambio, el mío era completamente distinto, ya que, incluso cuando de verdad estaba enferma, se encendía con un rojo intenso. En el cumpleaños de mi hermana, mi madre organizó un banquete junto a la hoguera para toda la manada. Justo antes de salir, un dolor punzante me partió la cabeza y me desplomé al suelo mientras le suplicaba que me ayudara. Por un segundo, estuvo a punto de levantarme en brazos. Entonces mi collar se iluminó de rojo. —¿Hasta finges que te mueres para arruinar el cumpleaños de tu hermana? Qué niña tan cruel. Luego se fue con mi hermana y me dejó tirada, provocando que muriera sola sobre el suelo frío; sin embargo, al volver a abrir los ojos, descubrí que mi alma ya no habitaba mi propio cuerpo. Mi alma siguió a mi madre mientras yo susurraba la verdad que ella nunca había creído. —Mamá… no mentía. Sí me morí. Y cuando por fin encontraron mi cuerpo, el collar rojo que llevaba al cuello seguía destellando.
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El Alfa De Las Dos Lunas Llenas

El Alfa De Las Dos Lunas Llenas

Tenía nueve meses de embarazo cuando el Consejo de Lobos envió un reporte de recursos a las habitaciones de la Luna. En él aparecían los gastos mensuales de mi compañero. Durante dos años seguidos, mi compañero del destino, el Alfa de la manada, le había estado entregando en secreto a una loba acceso al territorio, protección y suministros. Sin falta, cada mes. El primer registro era de hace dos años, el mismo mes en que perdí a mi primer cachorro. De pronto apareció una notificación: una solicitud de contacto. El nombre decía: “La compañera del Alfa”. Me sentía extrañamente tranquila; puse una mano sobre mi vientre abultado y acepté. Me escribió. “Ya viste el reporte, ¿no?” No le respondí; en su lugar, abrí su perfil. La publicación más vieja era del 21 de abril de hace dos años. Una loba aparecía apoyada en el pecho de un Alfa. Le habían recortado la cara en la foto, pero la marca en su hombro era clara. La reconocí: era la marca de Alfa de mi compañero. El texto decía: “Gracias por elegirme en mi noche de mayoría de edad”. El 21 de abril. Esa fue la noche en que me quedé desangrándome en la sala de curación, perdiendo a mi bebé. Él me había dicho que estaba fuera por asuntos de la manada. Seguí revisando sus fotos. Entrenaba libremente en áreas exclusivas para Alfas. Usaba recursos reservados para su Luna. La cuidaban como si ya fuera la pareja que debía estar a su lado. Cada publicación transmitía el mismo mensaje: él la eligió a ella. Fijado hasta arriba había un reporte médico: estaba embarazada del cachorro del Alfa. Dejé el celular y regresé a nuestra recámara. Entonces me llegaron más cosas: fotos y videos. Me los mandó a propósito, para presumir que el amor del que yo antes estaba tan orgullosa ya no era para mí. Me senté despacio mientras sentía a mi cachorro moviéndose dentro de mí y dolor me recorría. Solo entonces lo entendí: me había traicionado por completo. No quiero un amor así. No me quedaré en esta manada. Cuando nazca mi cachorro, me iré y me llevaré a su heredero conmigo. Que el Alfa busque en cada territorio, y aunque recorra cada frontera y destruya la manada por arrepentimiento, nunca nos va a encontrar.
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Activar: La Obediente Heredera de la Mafia

Activar: La Obediente Heredera de la Mafia

Mis padres piensan que no soy lo suficientemente femenina, así que adquieren a una hija IA, dócil y dulce, llamada Serafina Moretti. El día que traen a Serafina a casa, toda la familia se ensaña conmigo. Papá odia que sea mala en los estudios, al contrario de Serafina, que absorbe cualquier conocimiento con solo procesarlo una vez. Mamá arruga la nariz ante mi personalidad alegre y activa. Por lo visto, no soy lo bastante sumisa, algo que la fastidia y le provoca jaquecas constantes. Mi hermano mayor, Dario Moretti, también me regaña todo el tiempo. —¡Eres una vergüenza para la familia Moretti! ¿Qué más sabes hacer aparte de comer y dormir? Incluso Serafina tiene el descaro de burlarse de mí, así que, en un arranque de rabia, la empujo al suelo. La expresión de mamá se ensombrece. Luego me da una fuerte cachetada. —¡Serafina es tu hermana! Si fueras tan dócil como ella, no me fastidiarías hasta el punto de provocarme estos dolores de cabeza. —¡Ya es hora de que aprendas a ser una hija obediente y comprensiva en una academia de corrección conductual! Y así, me obligan a estudiar ahí. Dos años después, mi familia me recoge de la academia. No paran de llamarme por mi nombre, pero yo nunca les respondo. El profesor Luca Caruso los corrige con una sonrisa: —Señora Moretti, debe pronunciar la palabra clave: “Activar”. Solo entonces NS-5 responderá por su cuenta.
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Renací el Día de la Horda Zombi

Renací el Día de la Horda Zombi

Cuando los guardias vieron con sus propios ojos cómo los zombis tenían acorralado contra la pared al último niño del refugio, cómo le arrancaban los intestinos mientras seguía vivo y se los devoraban, todos se vinieron abajo por completo. —¡Óscar! ¿No dijiste que Clara había enloquecido por culpa de los zombis y que solo decía tonterías? ¿No fuiste tú quien nos dijo que nos quedáramos tranquilos protegiendo a Begoña mientras veía el amanecer contigo en la cima de la montaña? ¿Y ahora regresamos para encontrar a mi bebé, que ni siquiera tenía un mes, despedazado, sin que le quedara siquiera el cuerpo entero? El rostro de Óscar se puso pálido como el papel. Al ver aquella escena, sentí que el corazón se me desgarraba. En mi vida anterior, cuando los zombis atacaron el refugio, Óscar Molina, capitán del equipo de guardia, se llevó a todos sus hombres para acompañar a Begoña Campuzano, su amor de la infancia, a ver el amanecer por su cumpleaños. Yo hice hasta lo imposible por traerlos de vuelta, y solo así logramos salvar la vida de todos los demás. Pero Begoña, molesta porque no había podido ver el amanecer, salió sola de la zona segura y acabó siendo arrastrada por los zombis, que la devoraron hasta no dejar casi nada. Después de que Óscar llevó a sus hombres a exterminar a todos los zombis, abrazó el único hueso que quedaba de la pierna de Begoña y no dijo una sola palabra. Hasta el día en que di a luz. Ese día, me amputó las manos y los pies cuando yo aún estaba viva, y me arrojó a una horda de zombis errantes. Me obligaba a ver cómo los zombis me arrancaban la carne de los huesos, y luego me sacaba de allí para curarme. Una y otra vez. Hasta que, antes de morir, me arrancaron el último trozo de carne. —¡Fuiste tú, maldita víbora, quien la mató a propósito! Ya que tanto querías competir con ella, haré que mueras de una forma mil veces peor que la suya. Cuando volví a abrir los ojos, había regresado al día en que los zombis rodearon la base.
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El Precio De Salvar A Mis Verdugos

El Precio De Salvar A Mis Verdugos

Para salvar a los tres lobos más importantes de mi vida, mi hermano, mi prometido y mi mejor amigo, hice un trato con la Diosa de la Luna. Cambié mi vida por la de ellos. Si lograba que cualquiera de ellos me quisiera realmente en un plazo de cinco años, podría seguir viviendo. Pero en el último día de la cuenta regresiva, los tres seguían sintiendo rechazo hacia mí. Según las reglas, había fracasado. Mi vida estaba a punto de ser borrada. —¿Podría enviar un último mensaje? ¿Un intento final? Quizá por lástima, la Diosa me concedió esta última oportunidad. Ese mensaje era mi última carta. Presioné el botón de audio en nuestro chat grupal, luchando para mantener la voz firme. —¿Podrían quererme aunque sea un poco? En serio, me voy a morir. Después de un momento de silencio, se escucharon sus risas crueles. “Harías lo que fuera para competir con Lidia por atención, ¿verdad?” “Déjate de mentiras. Esto solo hace que te odiemos más.” “Si estás tan desesperada por morirte, pues hazlo de una vez.” Misión fallida. Les di exactamente lo que querían. Pero cuando estuve a punto de morir, todos entraron en pánico.
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El Precio de Humillar a la Heredera

El Precio de Humillar a la Heredera

Casi morí desangrada en la camilla del hospital para darle a la familia Rossi su ansiado heredero. Pero, Carter, mi esposo y subjefe de la mafia, permitió que Sofía, su sombra y confidente, sostuviera una cámara mientras yo daba a luz. Grabó cada detalle solo porque estaba aburrida: la pérdida de control de mi cuerpo, mis gritos desgarradores y mi rostro retorcido por la agonía. Y lo peor vino después. Ella guardó capturas de mi sufrimiento, hizo memes y los filtró en el chat privado de su círculo íntimo, solo con el objetivo de burlarse de mi dolor. A los pies de la cama, creyendo que yo seguía inconsciente, Sofía se reía en mi cara. —¡Carter, esto es lo mejor que he visto en mi vida! Siempre sabes cómo complacerme. Pero Sloane se va a volver loca cuando despierte y vea todo lo que hice. La anestesia aún nublaba mis sentidos y los párpados me pesaban demasiado. No obstante, a través de la bruma del dolor, logré escuchar el tono cínico de mi esposo. —No se va a molestar —aseguró—. Ya sabes cómo es Sloane. Siempre hace todo lo que le pido. Le digo unas cuantas mentiras al oído y listo. Y ahora que nuestro heredero nació, la pobre jamás me dejará. Apreté los puños debajo de las sábanas. Recordé todos los sacrificios que hice por él durante los años que estuvimos juntos. Carter olvidó por completo había sido la mujer que lo convirtió en el hombre que gobernaba las calles. Ya que él disfrutaba jugar con mi vida, me prometí que le iba a demostrar cómo se jugaba de verdad. Los haría pagar por cada segundo de burla y humillación que me hicieron pasar.
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¿El precio de no elegirme? ¡Su locura!

¿El precio de no elegirme? ¡Su locura!

El día del divorcio, solo me llevé la ropa de la boda. La casa, el auto, el dinero, las hijas... todo se lo dejé a mi esposo, Daniel Vegas. Él me miró con sorpresa y esbozó una sonrisa burlona: —¿Estás segura? Criaste a las tres niñas con tus propias manos, ¿tampoco las quieres? —Si de verdad no quieres nada, tampoco te pediré la pensión alimenticia. Así será justo. Firmé rápido los documentos del divorcio y dije con tono sereno: —Sí, muy justo. Daniel dudó un momento antes de estampar lentamente su firma. —Si te arrepientes, puedes... Interrumpí su frase con un gesto de la mano y me fui sin volver la mirada. Daniel siempre decía que me casé con él por dinero e influencia, e incluso intentó atarlo a través de los hijos. Pero ya no importaba. Cuando al fin viera mi cadáver, lo entendería.
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El Imperio Siempre Fue de Mi Madre

El Imperio Siempre Fue de Mi Madre

Estaba al frente de una reunión internacional importantísima cuando, de pronto, recibí una llamada de Dora Guerra, mi hermana menor. Al otro lado de la línea, Dora lloraba tanto que apenas podía hablar: —Me robaron el cupo de intercambio… Fui de inmediato a la universidad. Al llegar, vi a Dora acorralada en una esquina de la oficina, con los ojos enrojecidos. Frente a ella, una chica con pinta de buscapleitos la señalaba con el dedo, llena de desprecio. —¿Crees que puedes competir conmigo? Soy la hija de la familia Guerra de la capital. Mi papá acaba de donarle a esta universidad todo un edificio de laboratorios. ¿Y tú quién te crees? Hasta Ricardo Navarrete, el profesor de la materia, se puso de su lado: —Dora, Marcela es hija de una de las familias benefactoras más importantes de la universidad. Sé razonable y no nos metas a todos en problemas. Yo estaba a punto de acercarme para exigir una explicación, pero aquellas palabras, "la familia Guerra de la capital", me detuvieron en seco. ¿La familia Guerra de la capital? ¿Desde cuándo mi papá tenía una tercera hija además de Dora y de mí? Marqué de inmediato el número de mi papá y, con una risa fría, dije: —Papá, dime una cosa: ¿desde cuándo tienes otra hija a espaldas de mamá?
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El Precio De Traicionar A La Reina

El Precio De Traicionar A La Reina

Riven, mi compañero destinado, era el Alfa de una manada patética al borde del colapso. Durante cinco años fui su sombra, su estratega. Levanté su manada de la nada hasta que la Alianza nos reconoció, y estábamos listos para trasladarnos a las tierras fértiles. Riven prometió que celebraríamos nuestra ceremonia de unión en cuanto nos instaláramos en el nuevo territorio. Sin embargo, durante el banquete de celebración, la noche anterior a la mudanza, me arrojó a una celda. Anunció públicamente que Jenna, la loba que llevaba a su cachorro en el vientre, sería la Luna de la manada. No podía dar crédito. Le grité, pero él me hizo una mueca de desprecio y señaló un cristal que vibraba con magia oscura. —¡Jenna ya tiene pruebas de tu traición! Te acostaste con otros Alfas para conseguir su apoyo. ¡Me das asco! Le supliqué. Pero él me cortó la mejilla con el borde de plata de la carta de disolución de vínculo, apartándome formalmente de su lado. Pero él no sabía quién era yo en realidad. Soy la hija del Rey Alfa. Las estrategias, el poder, las alianzas... nada de eso era suyo. Todo era mío. Así que lo recuperé todo.
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Cuando la novia se cansó de esperar

Cuando la novia se cansó de esperar

Mi padre viajó desde Italia solo para presenciar mi primera boda. Vio con sus propios ojos cómo Luca Romano me soltaba la mano diez minutos antes de pronunciar los votos, todo porque Celeste llamó diciendo que no podía respirar. Ese día, el señor Moretti no gritó. Se limitó a decirme: «Tómate el tiempo que te haga falta. Pero cuando por fin entiendas que él jamás te elegirá en el altar, regresa a casa». En aquel entonces, pensé que mi padre no entendía de amor. Por eso decidí quedarme en Nueva York. Le di a Luca siete bodas. Siete desplantes. Cada una de las veces regresaba con flores, disculpas y una nueva fecha para el compromiso. «Elena —me repetía siempre—, esta es la última vez». Con los años, hasta sus amigos dejaron de disimular las burlas a mis espaldas. «Ella no se va a ir —decía uno de ellos—. Solo quiere que él le ruegue un poco más». Yo me habría quedado por un amor de verdad. Pero no iba a desgastarme por un hombre que solo se acordaba de mí después de haber elegido a otra. Ahí fue cuando por fin abrí los ojos: él había confundido mi devoción con un refugio seguro al que podía volver cada vez que se le antojara. La mañana de nuestra octava boda, guardé el anillo de compromiso en una caja de terciopelo blanco. En ese preciso instante, mi teléfono sonó. Era mi padre. —El helicóptero está listo —anunció. En el altar, Luca aguardaba por mí con la alianza de matrimonio en la mano. Solo que esta vez, decidí dejarlo esperando para siempre.
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