La Esposa sumisa. Ya no más
Árboles decorados con más joyas que un escaparate navideño, un equipo de animadores disfrazados de elfos que intentaban entretener a niños demasiado conscientes de su propia superioridad, y un cielo despejado coronado por drones que hacían piruetas luminosas para el disfrute de los adultos.
Estaba fuera de lugar, claro. Pero no lo suficiente como para que alguien me lo dijera. Mi traje ajustado era una máscara que funcionaba perfectamente en estas circunstancias. Un traje negro, simple pero impecable, con una corbata que no combinaba, porque ¿quién quiere ser perfecto en un mar de hipocresía?
Le di un sorbo a mi champán, como si la bebida pudiera deshacerse de la incomodidad en mi garganta.