La Heredera que Regresó
Diego levantó la mano, despacio, y la detuvo a un aliento de su rostro, esperando, como siempre, que fuera ella quien decidiera si cerraba esa distancia.
—Sea lo que sea que venga después —dijo él—, no vas a enfrentarlo sola. Ni tú, ni Renata, ni nadie que se haya atrevido a decir la verdad por ti.
Alba bajó la mirada hacia esa mano suspendida a centímetros de su piel, la promesa contenida en ella. Al fin entendió con total claridad que la guerra que habían estado librando —la fundación, la herencia, incluso el amor postergado entre ellos— apenas empezaba a mostrar su verdadero rostro.