MI ENEMIGO EN EL ALTAR
Tocaron lo que te pertenece.
Soltó mi rostro, pero no me dejó alejarme. Envolvió un brazo alrededor de mi cintura, pegándome a su costado con una fuerza que no admitía debate, y miró a mi asistente.
—Leo, ¿verdad? —preguntó Caleb, su tono de CEO volviendo a su lugar, frío y resolutivo.
Leo asintió, pálido.
—Sí, señor Navarro.