Lo último que el don esperaba era el divorcio.
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—Buenas tardes, señora. Acaba de salir del juzgado y se la ve radiante. ¿Hay algún motivo especial para esa sonrisa?
—Sí. Me estoy divorciando.
—¿En serio? Lo siento mucho. ¿Puedo preguntarle qué pasó?
—Mi marido me engañó durante años. Se acostaba con la hermana de quien había sido su hombre de confianza. Lo hacían en todas partes: en mi estudio de arte, en mi yate, sobre mi escritorio privado, incluso sobre el piano de cola de la sala principal. El muy idiota estaba convencido de que nunca me enteraría.
—No me imagino lo difícil que debe ser pasar por algo así. ¿Y ahora adónde va?
—Al hospital. Tengo programado un control prenatal.
En cuestión de horas, la entrevista se volvió viral. No solo por la absoluta frialdad con que aquella mujer relataba la traición de su marido, sino también por el impactante contraste entre su glamorosa imagen como esposa de la mafia y la cruel realidad que vivía.
Las redes sociales no tardaron en descubrir quién era realmente la protagonista de aquel video. Yo. Elena. La donna de la familia Moretti.
Tres años antes, Vincenzo Moretti —el hombre que gobernaba el bajo mundo de Boston con puño de hierro— había organizado una boda tan fastuosa que durante semanas acaparó los titulares de todo el país.
En ese entonces, muchas mujeres me envidiaban. Creían que era la persona más afortunada del mundo.
Pero ahora la realidad era otra. El video llevaba casi dos días en internet, mientras Vincenzo seguía refugiado en su estúpido nido de amor.
Cuando finalmente se dignó a ver la grabación que sus hombres le habían reenviado, yo ya estaba lejos, en Nueva Zelanda.
El mundo entero sabía que iba a dejar para siempre a Vincenzo Moretti.
Todos, menos él.