Sobrevivir al apocalipsis con mi esposo bestia
Sabía que el veneno de Iván había paralizado sus nervios, pero eso tenía un precio: el dolor se amplificaba hasta lo insoportable.
La cara de Marina se torció por la agonía, y sus gritos retumbaban en todo el sótano, tan fuertes que me zumbaban los oídos.
Apagué el espejo de inmediato.
Al girarme, encontré a Isandro mirándome con el ceño fruncido, entre triste y preocupado.
—¿Qué pasa, Isandro? —pregunté en voz baja.
Sin responder, me abrazó con fuerza, envolviéndome entre sus alas cálidas y protectoras.