El amor no se puede forzar
¿Cómo no conmoverse ante semejante ángel?
Y yo, en contraste, parecía una niña egoísta, malcriada, incapaz de apreciar todo lo que tenía desde siempre.
Sus miradas volvieron a llenarse de decepción.
Pero a mí ya no me importaba. En mi vida pasada ya casi había roto la relación con ellos, y esta vez no pensaba volver a desgastarme por ganarme un poco de cariño.
Podría fingir, si quisiera. Fingir ser esa hermanita dulce, fácil de controlar, dispuesta a ceder. Entonces seguiría siendo “la buena hija”, recogiendo las sobras del afecto que Carina dejaba pasar.