La Posesión del Mafioso
La besé con furia y posesión, devorando su boca como un hombre sediento, sintiendo sus dientes contra los míos, su lengua trabando una batalla que era a la vez de resistencia y de invitación.
Pero, volviendo a mi conciencia, algo dentro de mí gritó, diciendo que no, que aún no era el momento. Primero, necesitaría torturar a esa pelirroja rebelde, aunque torturarla significara torturarme a mí mismo. Pero sabía, con una claridad profunda y perturbadora, que para dominar a esa fiera, tendría que empezar por domar mi propio deseo depredador de poseerla allí mismo, hasta que su resistencia se disolviera en pura sumisión.