Cien Noches Bajo el Velo Negro
Y el silencio… pesado.
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La noche del tercer día, la puerta se abrió lentamente. Rhonda entró en la habitación, con el rostro iluminado por una sonrisa glacial, burlona, casi triunfante. Al ver a Chantelle, acurrucada en la cama, con el rostro hinchado, enrojecido por el llanto, soltó una pequeña risa despectiva.