EL ROSTRO DE MI HERMANA.
Santiago asintió, sus ojos clavados en los míos con un amor que me hizo temblar.
El notario procedió con la ceremonia, pero los verdaderos votos vinieron de nuestros corazones, un drama de pasión y promesas que intensificaba cada palabra.
—Martina —comenzó Santiago, su voz ronca y temblando, tomando mis manos con una firmeza que me erizó la piel—, te juro amor eterno, no solo en esta vida, sino en todas las que vengan. Te juro que lucharé cada día por recordar lo que nos unió, por ser el hombre que mereces, por protegerte de cualquier sombra que amenace nuestra luz. Eres mi ancla, mi fuego, mi todo. Te amo más allá de la memoria, más allá del tiempo. Seré tuyo, siempre.