Cuando la luna susurra mi nombre
Quizá por eso, cuando la vi por primera vez, no grité, no corrí, no hice nada que una persona cuerda haría; simplemente me quedé inmóvil, observando cómo la luz rojiza se deslizaba lentamente sobre la piedra como un vino derramado, insinuando, prometiendo, acercándose más de lo que parecía lógico, más de lo que cualquier llama corriente podría avanzar sin devorarlo todo en su camino, y sin embargo ahí estaba, reptando sin quemar aún, como si esperara que la viera, como si reclamara mi atención, mi miedo, mi memoria.
Un temblor leve cruzó el templo, no un trueno ni una explosión, apenas un estremecimiento, algo íntimo y orgánico, casi como el suspiro de un cuerpo al despertar, y los monjes qu