Condenada a Santino
En pocos segundos, el suelo de la capilla se cubrió de cuerpos, sangre y fragmentos de mármol.
Marcello, arrodillado, sujetaba aún el cuerpo de su esposa.
Su mirada era pura venganza.
—Juro… —susurró, la voz quebrada, el rostro cubierto de lágrimas y polvo— que te voy a destrozar, Santino.
Pero el enemigo ya no estaba allí.
Afuera, Santino subía a su coche negro, el motor rugiendo como una bestia. Se quitó las gafas, y en sus ojos brillaba algo más que triunfo: una determinación fría, salvaje.